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Mientras que la mayoría de las autoridades asignan este sura a la primera
parte del período de Mecca, Ibn Kazir considera más probable que fuera revelado
en Medina. La razón de esta suposición (compartida por muchos otros sabios) se
encuentra en un hadiz auténtico transmitido de Anas ibn Malik, quien narra —con
gran lujo de detalles— cómo el sura fue revelado “mientras el Enviado estaba con
nosotros en la mezquita” (Muslim, Ibn Hanbal, Abu Da’ud, Nasa’i). La ‘mezquita’
que Anas menciona no puede ser otra que la de Medina: pues, por un lado, Anas
—originario de esa ciudad— no se había encontrado con el Profeta antes de que
éste emigrase a Medina (cuando Anas contaba apenas diez años); y, por otro lado,
no existía en Mecca una mezquita —e.d., un lugar público para la oración en
congregación— antes de la conquista de la ciudad en el año 8 heg. Los tres
versículos del sûra van dirigidos, en primera instancia, al Profeta y, a través
de él, a todo hombre y mujer creyentes.
En el Nombre de Dios, el Más Misericordioso, el Dispensador de Gracia:
(1) Ciertamente, te hemos dado abundancia de bien1:
(2) reza, pues, [sólo] a tu Sustentador y ofrece sacrificios [sólo a Él].
(3) ¡Realmente, quien te odia ha sido en verdad despojado2
[de todo bien]!
NOTAS
1. El término kauzar es una forma intensiva del sustantivo kazra (Samajshari)
que, a su vez, significa “multitud”, “abundancia” o “copiosidad”; existe también
como adjetivo con igual significación (Qamús, Lisán al-Aarab, etc.). En el
contexto presente, única vez que se emplea en el Qur’án, al-kauzar se refiere
obviamente a la concesión al Profeta, en abundancia, de todo lo que es bueno en
sentido abstracto y espiritual, como la revelación, conocimiento, sabiduría, la
realización de buenas obras, y honor en este mundo y en el más allá (Rasi);
referido a los creyentes en general, significa evidentemente la capacidad de
adquirir conocimiento, de hacer buenas obras, de ser amable con todas las
criaturas, y conseguir así paz interior y dignidad.
2. Lit., “él es quien está cortado (abtar)”. La interpolación, entre corchetes,
de la frase “de todo bien” está basada en una explicación incluida en el Qamús.
Tafsir de Abderrahmán Muhámmad Maanán
Bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîm
Con el Nombre de Allah, el Rahmân, el Rahîm
1. innâ: a‘tainâka l-káuzara
Te hemos dado la abundancia.
2. fa-sálli li-rábbika wánhar*
Haz el Salat hacia tu Señor, y sacrifica.
3. ínna shâniaka huwa l-ábtar*
El que te odia es el estéril.
Esta sûra está enteramente dedicada a Rasûlullâh, salla Allahu aleihi wa sallam.
Con ella, Allah consuela a su Mensajero, le hace una promesa que le augura la
fecundidad de sus esfuerzos, y, por otro lado, le anuncia la esterilidad de sus
enemigos. Intercalando el texto, el Corán orienta al Profeta recordándole que en
todo momento debe afirmarse sobre el camino de la gratitud (shukr).
La misión de Muhámmad, la salat de Allah sea sobre él
y la paz, consistía en comunicar la revelación que le era hecha, y con ella
construir una comunidad sobre el fundamento de un sentido unitario de la
existencia. Esta era la invitación (Da‘wa) que dirigía a la humanidad. Un
Mensajero (Rasûl) es maestro, guía y constructor que está alumbrado desde sus
profundidades más abismales; es alguien que pone la semilla de una nación porque
en él mismo Allah ha hecho germinar la intuición de lo desmesurado. En su
combate encuentra la oposición de los que no pueden entender lo que ve y
presiente. Pero un profeta es un ser humano, y es herido por la incomprensión,
la cortedad de miras de sus conciudadanos o el desprecio de los demás.
Esta sûra es un breve destello. En pocas palabras
bosqueja todo lo anterior. Resume el dolor del Profeta (s.a.s.) durante los
primeros días de la transmisión del Islam en Meca: él se alzó con entusiasmo
para comunicar su mensaje y fue recibido con frialdad y burlas que al poco
tiempo se convirtieron en recelo e intentos por desacreditarlo para, a
continuación, desatarse una persecución en toda regla. Y esto mismo le haría
descubrir a qué maldad se estaba enfrentando realmente con su intento por
instaurar el Islam.
En esta sûra se le insinúa algo de la máxima
importancia: la fuerza en la que debe confiar para su empresa no es la suya sino
la de su propio Creador, el Señor de los Mundos. Sólo sumergiéndose en esa
Fuente Infinita —la Rahma posibilitadora de vida, la raíz fecunda del ser—
obtendría la energía necesaria, la resolución y la tenacidad imprescindibles
para hacer frente a las circunstancias adversas y a quienes deseaban apagar la
luz que él encendía en medio de la desidia y el oscurantismo de su tiempo.
Una vez que se haya vuelto sinceramente en esa
dirección ya no será defraudado, y su Señor se desbordará con abundancia a
través de él. Éste es el contenido de la sûra. Y esta es la enseñanza que guarda
para todo el que se inspire en el Profeta y siga su ejemplo. Tomar la senda de
Muhámmad (s.a.s.) es decidirse por el bien, la generosidad sin límites, la
abundancia, el derroche de lo humano, la apertura hacia Allah (el Îmân). Lo
contrario es la escasez y la esterilidad (el Kufr). Sobre el camino de Muhámmad
(s.a.s.) está el inconveniente de la lucha que necesariamente consiste en
derribar obstáculos y superar la resistencia de la pereza, la desidia y el
miedo, haciendo de esa tensión el sendero sobre el que se va creciendo.
Abundan los relatos que describen la recepción que se
brindó al Islam en sus principios. Los poderosos de Meca —los más interesados en
mantener la situación en la que vivían— no tardaron en preparar diversas
estrategias contra Muhámmad (s.a.s.). En primer lugar usaron la burla y la
ironía, que son los mejores métodos para restar importancia a cualquier cosa y
desviar la atención. Personajes relevantes como al-‘Âs ibn Wâil, ‘Uqba ibn Abî
Mu‘ît, Abû Láhab, Abû Yahl, entre otros, acusaban a Muhámmad de ser estéril (ábtar),
refiriéndose con ello a la temprana muerte de sus hijos varones. Uno de ellos
dijo: “¡Dejadlo! Morirá sin descendencia y será olvidado”.
En la sociedad árabe —que en buena medida cifraba el
valor de una persona en la posibilidad de su continuidad a través de sus hijos y
riquezas— esos comentarios no eran inocentes. Un hijo varón es una garantía
importante para el mantenimiento del nombre y el recuerdo de alguien. Sin hijos,
el Profeta estaba condenado al olvido, y por lo tanto sus esfuerzos eran
inútiles y estériles. Muhámmad (s.a.s.) era árabe, y sus valores tenían que ser
los de su entorno. Esos comentarios debieron dolerle y preocuparle.
Esta sûra fue revelada para borrar ese sentimiento de
su corazón. Y también para trastocar los valores y los criterios. No es la
descendencia biológica ni los logros inmediatos lo que debe ser tenido en cuenta
sino el poder creador de la voluntad. Éste está más allá de lo que se pueda
predecir de modo alguno. Cuando es un raudal que emana de la Rahma de Allah, la
abundancia de la que capaz un ser humano escapa a toda previsión.
Ya las primeras palabras de la sûra son definitivas:
innâ: a‘tainâka l-káuzar, te hemos dado la abundancia. Allah —con la
exhuberancia infinita que hay recogida en su Nombre; de ahí la utilización del
plural mayestático— ha dado (a‘tà-yu‘tî, dar) a Muhámmad la abundancia (káuzar).
Este término —káuzar—, sin embargo, no es el que se emplea habitualmente para
decir en árabe ‘abundancia’: se utiliza con más frecuencia la palabra kazra. En
realidad, káuzar tiene el matiz de ‘abundancia ilimitada’. Ésta es la idea que
el Corán contrapone a la de batr, esterilidad, que es de lo que se acusaba al
Profeta. Muhámmad no sólo no es estéril sino que es infinitamente abundante y
fecundo. Allah ha depositado en él algo que es mucho, desbordante, copioso,
indelimitable, algo a lo que no se puede poner diques. Esa ‘abundancia’ de
Muhámmad (s.a.s.) puede ser seguida en una multitud de aspectos.
Se encuentra en su profecía (nubuwwa), es decir, en
su encuentro con la Gran Verdad, en su sintonía con la Existencia, en su saboreo
de la Unidad que lo armoniza todo, una Unidad apabullante que es un Océano
inagotable en el que sumergirse y desde el que se desborda todo, y que en sí es
lo Real, lo radicalmente Presente. Su encuentro con Allah —con su Señor
Verdadero— representó su propio agigantamiento, su enriquecimiento más absoluto,
pues fue llenado por lo que el esfuerzo intelectual más grande no logra concebir
ni acercar al entendimiento.
Y signo de su extraordinaria abundancia es el Corán
mismo, en el que unas pocas palabras son inspiradoras de ríos de pensamientos.
La opulencia de cada una de ellas no tiene fin. Son palabras que brotaron de sus
labios y fueron recogidas con celo, transmitidas con fidelidad y reflexionadas
por generaciones que no han dejado de asombrarse ante la fuerza de sus sonidos y
el poder de sus sugerencias.
Su abundancia está también reflejada en la conciencia que él mismo tenía de ser
el objeto de las bendiciones y el saludo de paz de los habitantes del mundo
espiritual (los Malâika), que a su vez bendicen y comunican paz a todos aquellos
seres humanos que por su parte bendicen y desean la paz a Muhámmad (s.a.s.).
Desear bendiciones y paz a Rasûlullâh (s.a.s.) —as-salât wa s-salâm ‘alà
rasûlillâh— es coincidir con la existencia sutil en ese vórtice de abundancia
sin límites.
Y su abundancia es explícita en la Sunnah —la
Tradición por él instaurada—, fiel en extremo, hasta la literalidad, a su
enseñanza y ejemplo. El ‘modo’ del Profeta se ha extendido sobre la tierra, y
millones de personas lo han comunicado escrupulosamente a otros millones de
otras generaciones con el deseo de procurar ser sus seguidores sinceros y
entregados, sus transmisores verídicos al igual que él fue el comunicador
verdadero de la revelación que le fue hecha. Y esto es así hasta tal punto que
los gestos del Profeta siguen siendo reproducidos con exactitud por quienes
tienen en él un modelo ideal. Rasûlullâh (s.a.s.) ha sido capaz de inspirar un
amor extraño y apasionado que no se basa en su idolatrización sino en la fuerza
que emana de un recuerdo extraordinariamente vivo que lo hace presente a todo
musulmán. No hay distancia alguna entre Muhámmad (s.a.s) y cualquier musulmán;
al contrario, la familiaridad y el respeto dominan en una estrecha vinculación
siempre renovada y siempre fecunda.
Su abundancia también está en el bien que ha hecho a
la humanidad entera al ser el fundador de una civilización brillante que ha
brindado importantes aportaciones difíciles de valorar en su justa medida. Las
realizaciones del Islam están ahí como exponentes del caudal muhammadiano.
Su Káuzar tiene innumerables formas: intentar
censarlas es restarle importancia. Por ello el Corán habla del Káuzar de
Muhámmad (s.a.s.) sin delimitarlo, para que abarque todo lo que la imaginación
sea capaz de representarse. En definitiva, es un río que no tiene orillas. Y,
efectivamente, en algunos hadices se dice que el Káuzar es el nombre de un río
del Jardín, destinado exclusivamente a Muhámmad (s.a.s.) y que es el manantial
del que brota su riqueza. Pero Ibn ‘Abbâs afirmó que, incluso ese río fabuloso,
no es más que una parte del Káuzar de Rasûlullâh (s.a.s.).
Tras enunciar la abundancia del Profeta (s.a.s.),
tras haberle consolado mostrándole algo que hay en él mismo y que le permite
obviar la palabrería ingenua que entreteje los valores confusos con los que el
hombre vulgar mide las cosas... tras señalarle una Fuente inagotable que hay en
sus adentros y de la que él mana y con la que se expande... tras hablarle del
Káuzar, Allah le recuerda a Muhámmad (s.a.s.) la senda en la que esa abundancia
sin límites se desborda y tiene plena realización. Esa senda es la de la
gratitud (shukr), la del reconocimiento activo de Allah, en Quien todo es
incensable: fa-sálli li-rábbika wánhar, haz el Salat hacia tu Señor, y
sacrifica.
Hacer el Salât (sallà-yusallî) es, entre otras cosas,
un gesto de profunda y radical gratitud. Con el Salât —al menos cinco veces al
día hasta hacer de él una actitud vital— se rememora que toda bondad viene de
Allah. Ese reconocimiento es el desencadenante del aumento, porque a la bondad
que viene de Allah se le suma la sabiduría que el hombre hace despertar en sí.
Esa conjunción lo es todo y es la riqueza absoluta.
La gratitud de la que hablamos no es el cumplimiento
de una formalidad, sino una senda. Con el Salât el ser humano orienta un
instante de su existencia hacia su Señor, y se sumerge en la Grandeza de lo
eterno contenido en ese momento, consciente de las dimensiones infinitas de la
Verdad a la que se asoma y de la que él mismo ha surgido y de la que también
nace todo aquello de lo que goza. La ‘Aqîda le enseña al musulmán la Unidad e
Inmensidad de su Señor y se las propone como meta, y la vía —el Islam, su Sharî‘a
o Ley— le muestra los pasos a dar en esa dirección. Estos son los dos grandes
aspectos de la revelación coránica que coinciden en ser los elementos necesarios
para una reconciliación con la existencia.
El Profeta (s.a.s.) es modelo de una orientación absoluta y auténtica hacia
Allah y de una inmersión sin reticencias en el Océano de su Señor. Eso era su
Salât, que representa su acogimiento incondicionado de lo que significa la
palabra Allah: su Salât era una penetración en lo inabarcable. Él es el máximo
exponente del Ijlâs, de la sinceridad pura y desinteresada, de la entrega sin
reservas y el abandono en las Manos de su Creador. La referencia al Ijlâs está
en la partícula li-, hacia (haz el Salat hacia tu Señor, es decir,
exclusivamente en esa dirección).
Esa forma de ser, actuar y acercarse a Allah que
practicó Muhámmad (s.a.s.) a lo largo de su vida le es enseñada ahora por Allah
como camino hacia Él. Es como si Allah nos ilustrara a nosotros enseñando al
Profeta algo que él ya sabía porque formaba parte de su propia condición, porque
él y los musulmanes son las partes de un mismo cuerpo. Para Muhámmad el mandato
del versículo es una corroboración y un recordatorio,... y para los musulmanes,
Muhámmad es el ejemplo de lo que significan esas palabras. De este modo, los
musulmanes aprenden ‘en’ Muhámmad, como participación en su ser. Esta
intercalación cobra especial fuerza en el contexto de la mención a la abundancia
de Rasûlullâh (s.a.s.).
En la práctica, este versículo es para nosotros
—pronunciado en medio de la abundancia— el enunciado que describe el camino
hacia el Jardín. Se ordena al lector hacer el Salât (sallà-yusallî) por Allah y
hacia Allah. Pero aquí se denomina a Allah Rabb, Señor (li-rábbika, hacia tu
Señor): dirige tu aspiración hacia la Presencia que hay en ti de Allah, hacia
aquello que te mueve y rige, la fuente infinita de tus fuerzas. El musulmán debe
enfocar a Allah, sin dejarse confundir por nada. Así es como en él rebrota el
manantial de la Rahma, que se alía a la conciencia y se convierte en torrente.
Quien intuye lo que representa Allah debe volver la
espalda a las especulaciones de los hombres, abandonar por completo toda forma
de idolatría, para ir depurando su orientación, para hacer de su camino hacia su
Señor Verdadero algo nítido, pues Allah es absoluta nitidez y el Islam es
enfocarlo en exclusiva. Aferrarse a cualquier cosa durante esa peregrinación
desvía por completo al buscador. Atrás deben quedar las doctrinas, las
teologías, los mitos, las supersticiones, los dioses. Y también las
circunstancias, los deseos, las frustraciones, los miedos, las esperanzas,...
todo ello —creaciones del ego aterrado y el ego esperanzado— es degollado para
que el peregrino hacia su Señor pueda avanzar sólo hacia el Uno-Único, al que
nada condiciona.
Es necesario el Ijlâs, la sinceridad que es
desnudamiento, por doloroso que sea ese irse deshaciendo de lo que hasta
entonces había valido. De ahí la orden de sacrificar (náhara-yánhar) y matar
todo lo que disperse la atención que se debe poner en Allah. En esto hay una
referencia clara a los sacrificios rituales: mientras los idólatras dedican sus
animales sacrificados en los altares a sus dioses, el musulmán nombra a su Señor
sobre todas las cosas, pues aspira únicamente a Él, y renuncia a todo aquello
sobre lo que no haya sido pronunciado el Nombre de Allah, es decir, cuanto no
haya sido marcado con su signo.
También se debe recordar, porque subraya aún más lo
dicho, que el verbo náhara-yánhar —sacrificar, degollar— se usa especialmente
como referencia a los sacrificios ofrecidos durante la peregrinación (haÿÿ).
Efectivamente, para los maestros de espiritualidad,
la orden de ‘hacer el Salât y sacrificar’ resume todo el proceso que debe
seguirse para alcanzar la Má‘rifa, el Conocimiento Superior, y la Wilâya, la
Interrelación con Allah: tener a Allah como único objetivo orientando hacia Él
todo el ser y matar al ego animal creador de fantasmas durante esa peregrinación
hacia la Verdad.
Este versículo central de la sûra resume la senda que se ha de seguir para hacer
brotar el Káuzar: la práctica del Salât (la orientación del ser hacia el
Uno-Único) y el sacrificio (el acto de degollar el ego que separa y aísla al ser
humano). Esta es la vía, la de la gratitud que es descubrimiento del secreto
desbordante que mueve las cosas y las expande.
En el primer versículo de esta sûra se afirmaba la
condición abundante del Profeta (innâ: a‘tainâka l-káuzar, te hemos dado la
abundancia); en el segundo se describe, bajo la forma de un imperativo, el
origen de esa abundancia, la fuente en la que hay que buscarla (fa-sálli li-rábbika
wánhar, haz el Salat hacia tu Señor y sacrifica). Y en el tercer y último
versículo de este brevísimo texto, el Corán devuelve la acusación de esterilidad
a quienes insultaban con ella al Profeta (s.a.s.): ínna shâniaka huwa l-ábtar,
el que te odia es el estéril.
Efectivamente, los que aborrecían a Muhámmad (s.a.s.),
a pesar de su prole y riquezas, han sido olvidados, y sus esfuerzos por combatir
el Islam fueron inútiles. Por el contrario, el recuerdo de Muhámmad (s.a.s.) se
mantiene vivo, y es bendecido y saludado constantemente. Hoy tenemos una
perspectiva suficiente para comprobar la veracidad de estas palabras, que dichas
en su tiempo no pudieron ser comprendidas en todo su alcance. Para los que las
oyeron cuando eran reveladas eran una simple promesa, pero nosotros podemos
verla cumplida. El aborrecedor (shâni) era el estéril (ábtar), y no el que
desplegó todas sus posibilidades enraizadas en la Rahma de Allah.
La bondad, la generosidad, el desinterés, el valor
constructor, la inspiración,... no son estériles: están arraigados en la Verdad
que ha hecho surgir todas las cosas. Son esas cualidades fecundas las que dan
vida, las que son origen de una exhuberancia que no se interrumpe. El odio, el
rencor, la envidia, el mal, la crueldad, la pereza, la rutina, la injusticia, lo
tendente a la muerte,... ésos son los homólogos de la esterilidad. En esas
cualidades no hay riqueza sino mengua constante y empobrecimiento que acaba en
la miseria, la nada y el olvido.
Allah nos señala las esencias, mientras los hombres
tienden a dejarse hipnotizar por las apariencias. Para estos últimos, los hijos
y las riquezas son una garantía, pero para Allah lo son la acción que se afirma
a sí misma en la Rahma desencadenadora de todas las cosas. Y esta sûra demuestra
la desproporción entre las verdades creadoras, por un lado, y las creencias de
los seres humanos, por otro: ¿dónde están ahora los poderosos que decían de
Muhámmad que era estéril? Con sus insultos querían cortarle el camino, borrar su
recuerdo y relegarlo a la condición de acontecimiento intrascendente. Sin
embargo, al poco, el Islam se difundió con una energía única.
Todo ocurrió en una región marginal para la historia
oficial del mundo, en el inhóspito desierto de Arabia, en una pequeña ciudad
(poco más que una aldea) sin importancia para el resto de la humanidad. Tuvieron
lugar unos sucesos aparentemente irrelevantes: un hombre humilde que anuncia la
Unidad y Unicidad de su Señor, y es perseguido y tiene que huir de sus enemigos.
Esa insignificante huida (la Hiÿra o Hégira) acabó teniendo repercusiones en
occidente y oriente. De todo ello brotó un Káuzar, un río de abundancia.
VOCABULARIO
shukr, gratitud.
da‘wa, invitación; misión de un profeta.
a‘tà-yu‘tî, dar.
kazra, abundancia.
káuzar, abundancia sin límites.
batr, esterilidad.
ábtar, estéril.
rahma, amor creador. La Rahma es la Matriz de cuanto existe. A causa de ella se
da a Allah el Nombre de Rahmân.
ijlâs, sinceridad pura y desinteresada.
salât, orientación del ser hacia Allah-Uno.
sallà-yusallî, hacer el salât.
Rabb, Señor; es uno de los Nombres de Allah.
náhara-yánhar, sacrificar (sobre todo, sacrificar un animal durante la
peregrinación a Meca)
shâni, aborrecedor, el que odia.
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