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El Islam del siglo XXI no puede ser más que el Islam eterno, pues el Islam no
es una religión entre otras, sino la religión fundamental y primera desde Adam
hasta nosotros, desde que Dios, como dice el Corán:
“...insufló en el hombre Su espíritu.” (Corán, 25-29)
No hay un Islam de Occidente y un Islam del África
Negra, ni de Arabia ó la India, ni un Islam de Indonesia. No hay más que un sólo
Islam, aquél que el Corán denomina “la sunna de Dios”, la continuidad de las
revelaciones proféticas en el último mensaje, el de Muhámmad.
Nuestra tarea primordial es la de atestiguar nuestra
creencia islámica viviéndola en su universalidad, y no la de defender un
folklore y unas tradiciones culturales particulares.
El profeta Muhámmad jamás pretendió crear una
religión nueva —“No soy un innovador entre los profetas”. (46, 9; 41, 43; etc.)—
sino que viene a recordar a todos los hombres la religión primordial:
“Así pues, dirige tu rostro con firmeza hacia la fe verdadera y perenne, como
hanif, conforme a la disposición natural que Dios ha infundido al hombre: pues
no permitir que ningún cambio corrompa lo que Dios ha creado así, tal es el
propósito de la fe verdadera y perenne; pero la mayoría de la gente no lo
sabe.”(Corán: 30-30)
“Decid: Creemos en Dios, en lo que nos ha sido
revelado, en lo que le fue revelado a Abraham, a Ismail, a Isaac, a Jacob, y a
las tribus. Creemos en lo que le fue dado a Moisés, a Jesús, y a lo que se le
otorgó a los Profetas de su Señor. No hacemos distinción alguna entre ellos y lo
someternos a Dios.”(Corán: 2-136; 3-84)
El profeta Muhámmad ha sido enviado por Dios para
confirmar los mensajes anteriores, purificándolos de las alteraciones históricas
a las que han sido sometidos, y completarlos.
Se exige al musulmán que honre a los profetas
anteriores, lo que implica el conocimiento de ellos. Así lo dice el Corán:
“Si tienes duda sobre aquello que te hemos revelado, pregunta a los que leían la
Escritura revelada con anterioridad a ti”.(Corán: 10-94)
Nuestra fe se verá empobrecida si la proclamamos como
la mejor ¡simplemente porque ignoramos las restantes! El encerrarnos en nosotros
mismos, la vanidad y la autosuficiencia son, actualmente, los obstáculos mayores
para la difusión del Islam en el mundo no musulmán.
El mensaje esencial y universal del Islam, denominador común de todas las
religiones y de todas las sabidurías del mundo, abarca lo siguiente:
— De la trascendencia y unidad de Dios.
— De la comunidad de los hombres.
— De su responsabilidad.
De la trascendencia
La trascendencia implica las afirmaciones siguientes:
1. La seguridad de que Dios es único —Tawhid:
“Si existieran más dioses que Dios, sería el caos” (Corán: 21-20). Y qué está
por encima de toda realidad humana
2. Que Él es el Creador de todas las cosas y, en consecuencia, que no nos
bastamos con nosotros mismos:
“El hombre se vuelve un ser impío en cuanto se considera autosuficiente”.
(Corán: 96-6,7)
3. De este principio de unidad y de esta conciencia de nuestra ‘dependencia’ del
Dios Creador —siendo la autosuficiencia lo contrario de la trascendencia— fluye
el tercer aspecto de la fe en la trascendencia: el reconocimiento de los valores
absolutos que están por encima de los intereses egoístas de los individuos, de
los grupos y de las naciones.
De la comunidad de los hombres
La segunda revelación del mensaje es, después de la trascendencia, la
comunidad (Ummah). El principio comunitario es contrario al que rige el
individualismo. Para éste, el hombre como individuo es el centro y la medida de
todas las cosas.
En la perspectiva islámica de la comunidad, cada cual
tiene conciencia de ser personalmente responsable de todos los demás. La
humanidad es una porque Dios, su Creador, es uno. Todos los hombres tienen el
mismo origen y son creados para el mismo fin:
“Todos los hombres constituyen una misma comunidad”. (Corán: 2-213).
De su responsabilidad
La tercera revelación del mensaje, después de la trascendencia y la
comunidad, es la responsabilidad. El Islam es contrario al fatalismo y a la
resignación. Es una fuerza subversiva e innovadora porque incluye únicamente
sumisión a la voluntad de Dios y hace que el hombre sea responsable del
cumplimiento de la orden divina sobre la tierra.
Todo en la naturaleza está sometido a la ley de Dios,
es ‘muslim’ (musulmán quiere decir “sometido a Dios”): una piedra en su caída,
un árbol en su crecimiento, un animal en sus instintos, están sometidos a la ley
de Dios:
“Nuestro Señor es el que ha dado a cada cosa su forma y su ley, y la ha guiado
hasta su pleno desarrollo.”(Corán:77-1,3)
Sólo el ser humano tiene el terrible privilegio de poder desobedecer:
“Hemos propuesto este mandato —ámana— [de la fe, de la libertad y, por tanto, de
la responsabilidad] a los Cielos, a la tierra, y a las montañas, pero todos se
han negado a asumirlo; tuvieron miedo. El hombre, en cambio, se hizo cargo. Es,
ciertamente, muy impío, muy ignorante.”(Corán: 33-72)
Si se convierte en ‘musulmán’, es decir, si responde
incondicionalmente a la llamada de Dios, según el ejemplo de Abraham, “el Padre
de la fe” (Corán: 22-78), mediante la aceptación de ser guiado por Dios, lo hace
por un acto voluntario, libre y responsable.
Por eso Dios hace que los ángeles —los cuales no
tienen poder de desobedecer— se inclinen ante él. (Corán: 2-34)
“Cuando haya insuflado en él de Mi Espíritu,
prosternáos ante él.”
(Corán: 25-29; 32-9; 38-72)
Cuando en el Corán se dice ‘no’ a la enemistad en
materia religiosa —2-256— no se trata únicamente de excluir la enemistad física,
militar o policial, sino también toda inquietud interior, espiritual; el Corán
subraya:
“La verdad emana de vuestro Señor, así pues el que quiera que crea y el que no,
que permanezca incrédulo”(Corán: 28-290)
También Dios dice:
“Le hemos mostrado el camino justo, que lo acepte con agradecimiento o que lo
rechace.”(Corán: 76-3)
Dios, nos dice el Corán, ha hecho del hombre su
jalifa en la tierra. Un jalifa no es un ejecutante subalterno y pasivo, sino un
dirigente responsable, encargado de tomar decisiones. Esta función no es
privilegio de algunos: es la tarea de todo musulmán:
“Vosotros los creyentes, sois responsables de vosotros mismos.”
(Corán: 5-105)
La quiebra de una civilización
Proclamar “Allahu Akbar” —Dios es el más Grande— es relativizar todo poder,
toda riqueza y todo saber. Ante este grito de fe, hemos visto bajar las armas de
las más insolentes armadas.
La necesidad de este mensaje expresa hoy la más
evidente quiebra espiritual del Occidente. Miles de hombres y mujeres en todo el
mundo que aman el futuro, sea cual sea su fe, se dan cuenta de que la
civilización ha caído en quiebra, y de que abandonarse a sus embates conduce a
un suicidio planetario.
La deuda de los países del llamado Tercer Mundo se
agrava de año en año, y la separación no cesa de acrecentarse: el Norte siendo
cada vez más rico y el Sur cada vez más pobre.
Después de cinco siglos de hegemonía sin tregua de
Occidente en el mundo entero, no podríamos imaginar una gestión planetaria más
desastrosa.
La causa profunda de esta política del Occidente —desde lo que denomina su
‘Renacimiento’, es decir, desde el nacimiento simultáneo en la Europa del siglo
XVI del capitalismo y del colonialismo— es el abandono de la fe y su sustitución
por la voluntad de poder.
A partir del momento en que una comunidad no reconoce
unos valores definidos para encauzar la acción, ya no le queda más que los
enfrentamientos entre las voluntades de poder, de placer y de crecimiento. Es la
guerra de todos contra todos.
Occidente se encuentra en esta situación. Su
verdadera religión es la fe ciega en un dios escondido: el acrecentamiento, es
decir, el deseo de producir más y más, y cada vez más deprisa, no importa qué
cosa sea: útil, inútil, nos sirva o sea mortal como el armamento, que es una de
sus industrias más rentables. Este dios escondido es un dios cruel: exige
sacrificios humanos.
Lo que caracteriza al culto de este falso dios, es
que prima la capacidad del hombre sobre la trascendencia de Dios, y el
individualismo sobre la comunidad.
La ‘presunción’ del hombre está proclamada, desde el
Renacimiento, en el Fausto de Marlowe: “Hombre: por tu poderoso cerebro,
conviértete en un dios, dueño y señor de todos los elementos”.
El individualismo es la vuelta, desde el pretendido
‘Renacimiento’, a la máxima de los sofistas de la antigua Grecia: “El hombre es
el centro y la medida de todas las cosas”.
Esta quiebra de civilización ha engendrado una
cultura de la desesperanza. Los falsos profetas de la nada y del absurdo
reflejan este caos como si fuera inevitable y eterno, en lugar de intentar
superarlo; enseñan a nuestra juventud que la vida no tiene sentido.
Si la vida no tiene sentido, todo es lícito, hasta el
crimen. Y nos entregamos a todas las violencias animales entre los individuos,
los grupos y las naciones: el “equilibrio de terror” se convierte en la ley de
estas relaciones bestiales entre los hombres, en todos los niveles de la vida
social.
La negación del sentido de la vida y de la existencia
de los valores absolutos ha hecho de la ciencia y de la técnica, admirables
medios al servicio del hombre, unos fines en sí mismos, tratando de hacernos
creer que la ciencia y la técnica pueden resolver todos nuestros problemas, y
que los problemas que ellas no resuelven —los del amor, de la belleza, del
sentido de la vida— no existen.
Esta “religión de medios”, erigiendo unos medios para
sus propios fines —creando falsos dioses; ciencia, técnica, estado, dinero,
sexualidad, desarrollo— ha creado un nuevo politeísmo y nuevas supersticiones,
ha transformado la ciencia en positivismo, la técnica en tecnología, la política
en maquiavelismo.
El problema fundamental es, pues, devolver al hombre
sus dimensiones propiamente humanas: la fe en la trascendencia, en Dios, en la
comunidad humana, y la conciencia de nuestra responsabilidad personal.
El Islam como alternativa
Decir que el Islam puede hoy aportar soluciones a los problemas planteados
por la quiebra de la hegemonía occidental no significa:
—Que pueda llevarlo a cabo solo.
—Que guarde soluciones preparadas para los problemas de nuestro tiempo.
Por el contrario, los dos principales obstáculos para el florecimiento del Islam
contemporáneo son:
a) La presunción y la ignorancia de los otros. El Islam temprano, el del primer
siglo de la Hégira, se extendió en menos de un siglo desde el Indo a los
Pirineos, no por la conquista militar, sino porque supo integrar a todas las
grandes culturas anteriores y extraer una síntesis inédita, creadora, y porque
millones de creyentes de todas las religiones se han identificado con él. El
Islam sólo puede reemprender su marcha mediante la apertura a todas las
sabidurías y a todas las creencias que pueda reunir.
b) El triunfalismo, la presunción mortal de poseer respuestas hechas,
formuladas mil años atrás por sus juristas y sus tradiciones.
Decir que el Corán “no ha omitido nada” es decir que nos ha dado un sendero
eterno, que ha definido los últimos y absolutos fines de nuestra acción. Lo que
no excluye la responsabilidad, para el hombre, de descubrir en cada época, en
condiciones siempre nuevas, los medios de realizar estos fines.
Tratar de deducir del Corán o de la Sunnah una
economía política acabada, una constitución política, o una enciclopedia sería
reducir de forma ridícula el mensaje eterno a unas instituciones o teorías
transitorias y coyunturales.
El mensaje revelado nos aporta infinitamente más: los
fines, los principios rectores eternos, inmutables, encaminando nuestra vida
interior y todas nuestras acciones, públicas o privadas; para elaborar, en cada
época, por medio de su interpelación siempre nueva, las respuestas a los
problemas de la economía, la política y la cultura contemporáneas.
Estos principios son simples:
—en el plano económico: sólo Dios posee;
—en el plano político: sólo Dios gobierna;
—en el plano cultural: sólo Dios sabe.
Sólo Dios posee
“Todo lo que está en el cielo y en la tierra pertenece a Dios” dice el Corán
(Corán: 2-116,284; 3-109, etc.).
El hombre, su jalifa sobre la tierra, está encargado
de dirigir, en el camino de Dios, esta propiedad.
Esta concepción es opuesta a la del derecho romano
que define la propiedad como “el derecho de utilizar y de abusar”.
Para el musulmán, por el contrario, los deberes son
anteriores a los derechos.
El hombre, responsable de la propiedad de Dios, no
puede disponer de ella a su gusto: no puede destruirla según su capricho, no
puede gastarla, no puede dejarla en baldío, sin darle productividad por su
trabajo, no puede amontonarla:
“Anuncia un doloroso castigo a los que atesoran el oro y la plata sin gastar
nada en el camino de Dios.”
(Corán: 9-34)
Y la peor maldición, en el Corán, es la formulada contra el rico Abu Lahab, al
cual su misma fortuna le condena: “que sus dos manos mueran, y que muera él
mismo”, y es prometido a las llamas infernales (Sura 111).
Todas las prescripciones del Corán, particularmente
el zakat, transferencia social de la riqueza como exigencia religiosa, y la
prohibición del riba, es decir, de todo enriquecimiento sin trabajo al servicio
de Dios, tienden a impedir la acumulación de la riqueza en un polo de la
sociedad y de la miseria en el otro.
Dios, en el Corán, excluye radicalmente todo régimen
social en el cual el dinero sea el fundamento de una jerarquía política. Por el
contrario, dice sin lugar a dudas:
“Cuando queremos destruir una ciudad... hacemos a los ricos detentadores del
poder.”(Corán:17-16)
Sólo Dios gobierna
El Profeta creó en Medina una comunidad de un tipo radicalmente nuevo, que no
está basada en el linaje, ni en la raza, ni en la posesión de un territorio, ni
en unas relaciones de mercado, ni siquiera en una cultura común o en una
historia; en definitiva, que no se fundamenta sobre nada que emane del pasado y
que sea una herencia recibida, sino que crea una comunidad fundada
exclusivamente en la fe, en esa respuesta incondicional a la llamada de Dios,
cuyo ejemplo eterno nos lo ha dado Abraham. Tal comunidad está abierta a todos,
sin considerar el origen.
Nada, por ejemplo, es más contrario al espíritu de
esta Ummah musulmana que la idea occidental del nacionalismo, es decir, de un
mercado protegido por un Estado, y justificado por una mitología racial,
histórica, o cultural. Se tiende hacer de la “nación” un fin en sí, en
contradicción con la unidad humana, que es un caso particular del tawhid, llave
de la bóveda de toda visión islámica del mundo.
Así mismo el principio coránico de la shura, de la
concertación, exige que en todo dominio y a todos los niveles, los miembros de
la comunidad sean consultados para participar, bajo la mirada de Dios, en la
elaboración y en la aplicación de las decisiones de cuyo destino depende. Este
principio excluye a la vez todo el despotismo de un hombre, de una clase o de un
partido, así como toda forma de democracia puramente estadística, delegada y
alienada.
Con respecto a la economía, nos atañe descubrir los
medios para alcanzar estos fines, para aplicar estos principios inevitables en
las condiciones históricas inéditas de nuestras sociedades, combatiendo el
positivismo tecnocrático, el maquiavelismo político, los enfrentamientos
nacionalistas arcaicos y perversos, los intercambios desiguales, la polarización
de los bloques, y los equilibrios del temor.
Sólo Dios sabe
Al mismo tiempo que del triunfalismo esterilizador, debemos guardarnos de la
ilusión de que se pueda encontrar en el pasado, sin esfuerzo de reflexión y de
búsqueda, unas soluciones económicas para resolver nuestros problemas actuales,
o bien una constitución política resuelta.
Sería pueril reducir el Corán a una Enciclopedia,
dispensando el esfuerzo encarnizado de búsqueda científica y técnica que hizo
del mundo islámico el centro radiante de la cultura mundial en tiempo de la
Universidad, esfuerzo de traducción y de asimilación de todas las grandes
culturas del pasado, de Grecia y de Roma, de Persia y de la India, según la
obligación islámica de ir a buscar la ciencia hasta en la China. De ese esfuerzo
nació una síntesis original y una cultura orientada por la fe.
El principio de base es que, al igual que sólo Dios
posee, sólo Dios gobierna y sólo Dios sabe. Esto excluye la pretensión faraónica
de usurpar el poder de Dios, o la ilusión de conservar un saber adquirido,
absoluto, alcanzando un conocimiento de las causas primarias y de los últimos
fines.
El ejemplo de la Universidad Musulmana de Córdoba en
el siglo X constituye, bajo este punto de vista, un modelo a través del cual
hacer revivir el espíritu para desarrollar, en nuestra época, las ciencias de
tal forma que no sirvan para la destrucción del hombre, sino para su expansión
hacia el camino de Dios.
En esta Universidad Musulmana de Córdoba, de los siglos X al XIII, floreció
la cultura en su forma total bajo tres aspectos:
— La ciencia: creando un método experimental para descubrir las relaciones entre
las cosas y la interrelación de las causas.
— La Sabiduría: como reflexión sobre el sentido de cada cosa, de su relación con
Dios, en un mundo armonioso y único, donde la vida tiene una significación y una
meta.
— La fe: como testigo de que la ciencia no alcanza jamás la causa primera, ni la
sabiduría el último final. La fe como conciencia de nuestros límites y de
nuestros postulados. La fe como razón sin fronteras.
Tal concepción de la ciencia y de las técnicas
permitiría hoy, y es lo que le da su actualidad, impedir que nos conduzcan a un
suicidio planetario.
¿Cómo trabajar en este renacimiento del Islam?
Primeramente aprendiendo a leer el Corán, la “sunna de Dios”, y la del Profeta,
tal y como el Corán nos ordena leerlo:
—No leer el Corán ni la Sunna con ojos de muerto.
—Dios ha dictado el Corán. Ha inspirado al Profeta.
Son hombres, sin embargo, los que han escuchado e interpretado la “Sunna de
Dios” y del Profeta. Hombres de fe y juristas pertenecientes a una época
determinada de la historia. Nos apartamos de los estudios con respeto y con toda
nuestra fe, con el deseo de resolver, según su ejemplo, nuestros problemas
inspirándonos en unos métodos ideados para vivir el Corán en el nuevo imperio
árabe, es decir, en unas condiciones históricas profundamente diferentes a las
de la comunidad de Medina.
No debemos dividirnos entre musulmanes tomando parte
en querellas de otras épocas. Aquellos que actualmente dividen a los sunnitas de
los chiítas son enemigos de todos los musulmanes. Pues no existe más que un
Islam.
No debemos tomar partido entre las escuelas jurídicas, porque cada una de ellas
ha intentado resolver los problemas de otros tiempos y de otros pueblos. Su
tarea no era la de resolver los nuestros, ni la de eludirnos de esta
responsabilidad.
El Profeta Muhámmad ha aportado un mensaje eterno y
universal, dirigiéndose a todas las familias de la tierra.
Está dicho en el Corán “Dios está presente en cada
realidad nueva” (IV, 29). Y “no cesa de crear” (XXXV, 1). “Es el Viviente” (II,
255). No se dirige a seres muertos: debemos responder a esta interpelación
eternamente viviente.
— Sin imitación de Occidente.
— Sin imitación del pasado.
Consiste en imitar al Occidente desligar del Corán
220 versículos legislativos de entre más de 6.300, tratándolos según los métodos
juristas romanos, es decir, tomarlos literalmente como artículos de leyes y
deducir mecánicamente su aplicación, cualquiera que sea la época y la
circunstancia.
La revelación del Corán es opuesta al derecho romano.
El derecho romano anuncia leyes abstractas de donde no queda más que deducir,
por vía de silogismos, a la manera de Aristóteles, las consecuencias aplicables
a tal o cual caso concreto.
La revelación del Corán nos da ejemplos concretos de
soluciones aportadas a un problema histórico determinado a partir de unos
valores absolutos, de los principios inevitables y eternos emanados del mensaje.
Dios nos dice:
“Hemos propuesto a los hombres, en este Corán, toda clase de ejemplos.
Probablemente reflexionarán” (Corán, 39-27).
Esta “reflexión sobre los ejemplos” no debe ser una
deducción mecánica, una caída del principio a sus consecuencias, sino, al
contrario, una elevación, a partir del ejemplo histórico concreto, al principio
eterno, absoluto, que ha inspirado esta solución y, después de haber
reflexionado, volver hacia lo concreto para encontrar, por analogía, una
respuesta a un problema histórico nuevo, inédito.
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