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La actualidad crítica y desafiante del Islam, parece imposibilitar cualquier
intento de hacer balance o valoración que arroje luz sobre sus auténticos
problemas, planteamientos y perspectivas de futuro. El mundo musulmán, diverso e
inestable, vive momentos conflictivos de transición y cambios acelerados, a
veces vertiginosos, que hacen pretencioso y aventurado todo cálculo o previsión.
Hay una dificultad añadida: los debates entorno al tema son demasiado
apasionados y, generalmente, partidistas, lo cual no facilita una tarea que sólo
puede arriesgar líneas muy vagas y generales.
Hoy más que nunca el Islam es invocado por millones
de musulmanes para legitimar actuaciones, satisfacer necesidades, sostener
luchas, fundamentar aspiraciones, alimentar esperanzas, perpetuar tradiciones y
costumbres y afirmar identidades personales y colectivas frente a las fuerzas de
uniformización de la civilización industrial. El Islam se ha convertido en una
bandera que primero se enarboló en todos los países musulmanes, desde Indonesia
hasta el Magreb, contra el Colonialismo, y ese fenómeno que convirtió al Islam
en factor aglutinante y le permitió ofrecer una resistencia enconada a la
dominación occidental, no ha acabado con la consecución de las independencias
políticas, más aparentes que reales.
El mundo musulmán aún tiene muchas asignaturas
pendientes en su historia presente, muchos traumas que superar, el Islam vuelve
a convertirse en el estandarte capaz de movilizar a pueblos enteros que recurren
a él para dar rienda suelta a sus anhelos y sus desencantos. Y todo ello en
medio de grandes contradicciones, carencias, tensiones y equívocos que
analizaremos más adelante.
No se trata, ni mucho menos, de un fenómeno nuevo,
sino que sus dimensiones sobrepasan las fronteras y se nos presenta como una
cuestión que nos implica a todos en esta aldea global de las nuevas estrategias
geopolíticas.
Efectivamente, varios fenómenos de gran amplitud
—como la creciente multiplicación de las mezquitas hasta el corazón de las
mismas sociedades occidentales, la afluencia masiva a ellas, el éxito abrumador
de las peregrinaciones anuales a la Meca, símbolo de unidad y coincidencia, la
exigencia de un retorno a las tradiciones y costumbres islámicas, la frecuencia
de reuniones internacionales protagonizadas por líderes musulmanes como síntoma
del triunfo creciente del panislamismo, el éxito en las librerías de las
publicaciones islámicas de contenido político-económico, incluso las más
panfletarias o divulgativas— son presentados muchas veces en tonos alarmistas y
apocalípticos y ha forzado a los observadores a hablar de un renacimiento del
Islam, de su expansión y dinamismo actual, de su eficacia revolucionaria, en
definitiva, de una revancha espiritual contra la laicidad.
Pero podemos notar con facilidad el cuño netamente occidental de estas
expresiones, incomprensibles fuera de un contexto sociocultural como el europeo,
con una historia propia que no es la del Islam. Lo que está sucediendo en medios
musulmanes no tiene explicación lógica en nuestros esquemas de interpretación
porque el Islam ha seguido sus propios derroteros, incluso en su conflictivo
encuentro actual con el mundo occidental.
Los musulmanes están oponiendo sus propios recursos a
la lucha contra el subdesarrollo y las nuevas formas de dominación, pero en la
actualidad sólo pueden hacerlo en medio de graves contradicciones que tienen su
origen en circunstancias muy diversas. Y el futuro del Islam depende de la
solución que se dé a esos conflictos en los que quiere intervenir Occidente como
árbitro que decide lo justo y conveniente.
El Islam como vinculante impulsor de resistencias es
una constante en la historia de sus pueblos. Todas las luchas habidas en el
Islam han buscado fundamentarse en él, incluso cabría decir que eran intentos
por adecuarse a sus enseñanzas en el deseo de hacer realidad intuiciones e
ideales que fluyen por sus propósitos más básicos. Como todo historiador sabe,
el igualitarismo musulmán ha sido siempre el detonante de la lucha contra
cualquier imposición o centralismo. La aspiración a la independencia es un valor
extraordinariamente arraigado en la conciencia musulmana que no ha dejado de
tener consecuencias y que hoy se manifiesta con una fuerza arrolladora y
dramática.
Ben Bella, el primer presidente que tuvo la Argelia
independiente, lo expresó en una conferencia del Consejo Islámico (Génova, 10,
11 y 12 de marzo de 1985) en la que se refirió al estímulo que empujaba a los
argelinos a luchar desesperadamente contra los franceses, aún afrontando la
probabilidad de una reacción genocida, dijo del Islam:
“En ese terreno fecundo hunden sus anclas nuestras motivaciones profundas,
nuestras latencias. Es nuestro santuario. Cuando debemos realizar un gesto
capital, un esfuerzo supremo, cuando el muro de nuestras certezas se desmorona y
los golpes llueven sobre nosotros y nuestro ser profundo es amenazado, entonces
nos volvemos a ese santuario en el que buscamos refugio y retomamos aliento para
poder seguir con fuerza nuestro combate”.
El Islam es estructurador, vinculante...
Es importante destacar que el Islam no es una
cuestión estrictamente personal: es un factor vertebrador esencial que pertenece
a un mundo de premisas sobre el que se asienta la actuación de seres humanos y
de pueblos enteros. No es que el Islam sea indiscutible sino que en él hay
elementos que escapan a la posibilidad de toda discusión desde el momento en que
forman incluso el lenguaje mismo de los musulmanes. En este sentido, el pensador
tunecino Moncef Chelli ha desentrañado la clave de algunos de esos procesos en
los que se descubre que, por un motivo u otro, el Islam es conformador de una
relación con el entorno y con uno mismo que va más allá de lo opcional. El Islam
ha creado el universo en el que viven los musulmanes, y no es sólo un espacio
concreto. A diferencia de la religión, que tiene su parcela aún cuando pretende
impregnarlo todo, el Islam vincula consigo su espacio convirtiéndose en un
referente vital sin el que no es posible un verdadero protagonismo.
El Islam es el reino del musulmán, el lugar en el que
puede ser libre y creativo, y fuera de él pierde por completo el sentido de sí
mismo. Igual le ocurre al occidental con Occidente: lo lleva consigo a todas
partes, no puede deshacerse de sus seguridades y latencias más elementales.
Puede cuestionarse muchas cosas, pero no todo porque quedaría desnudo de
personalidad. En este sentido, el Islam es homologable a algo que trasciende a
la religión como elección personal, y a la cultura como hecho formal y mudable:
es la raíz de un modo de ser persona, de una manera de situarse en el mundo.
En el musulmán hay algo atávico que lo hace
inasimilable y esto es lo que más alarma de él. El problema de la integración de
los inmigrantes, por ejemplo, radica en parte en que el musulmán es
incomprendido en su esencia. Incluso cuando se le pretende ayudar —salvando, por
supuesto, las excepciones— se tropieza con un muro: es el mundo infranqueable de
sus sentimientos más profundos que difícilmente podrá expresar él mismo porque
pertenecen a sus mecanismos más íntimos de supervivencia, donde no llega ni él
mismo. No hay nada más destructor para su personalidad que la asimilación:
necesita su propio espacio en el que reconocerse y desde donde afrontar sus
nuevas situaciones y evitar fracasos mutilantes. No se trata de un encuentro
campechano con sus compatriotas sino de la necesidad de seguridades íntimas que
reconstruyan la confianza en sí mismo en un ambiente en el que no reconoce
muchas cosas, por la distancia infinita entre sus propios valores y percepciones
y los de un mundo que no puede compartir fácilmente.
El Yihad como esfuerzo
El Islam no predica la resignación. La imagen del musulmán fatalista es
producto de un orientalismo que descubrió un universo derrotado por la
supremacía técnica y organizativa de un Occidente agresivo y expansionista. El
conformismo del musulmán siempre es momentáneo, es un repliegue prudente que
espera el momento propicio para reiniciar la lucha por la autoafirmación. Porque
lo que sí enseña el Islam es el Yihad, el esfuerzo sabio por establecer la
dignidad e independencia de los musulmanes; el Yihad no es la guerra santa de la
que nos hablan los manuales divulgativos sobre el Islam, el Yihad es mucho más,
es una idea-fuerza precisamente opuesta a la resignación o al conformismo y es
el fundamento mismo del Islam.
En esos manuales que nos explican lo que es el Islam
se citan sus famosos cinco pilares. Pues bien, el Yihad es el cimiento sobre el
que se asientan. Cada musulmán construye el edificio de su sentido de la
trascendencia y vive una experiencia espiritual que no excluye la realidad
inmediata sino que la integra en su experiencia sin hacer distinciones entre lo
profano y lo sagrado. El conjunto de los musulmanes suman sus experiencias para
configurar su mundo islámico.
El Yihad, mecanismo de resistencia activa y de
autoafirmación del Islam, ha sido siempre alarmante por efectivo. Los musulmanes
respondían espontáneamente contra cualquier agresión sin ningún tipo de
organización previa: siguiendo mecanismos incontrolables, algo urgía y aunaba a
la gente contra toda pretensión de dominio sobre sus comunidades; según las
circunstancias adquiría distintas formas. Se ha pretendido desacreditar al Yihad
para anularlo o hacerlo inofensivo pero está demasiado arraigado en las
conciencias.
La imaginería occidental interpreta el Yihad como
algo sanguinario y bárbaro, el gérmen de actuales terrorismos, y se ha recurrido
a comparaciones: frente a la caridad cristiana encontramos la violencia que se
predica entre los musulmanes. Pero lo mismo que la caridad no ha evitado que
surja la violencia en el occidente cristiano, en el Islam los extremismos no son
imposibles.
El Yihad del que estamos hablando es un espíritu que
alienta a los musulmanes y que los hace incólumes a toda absorción por parte de
otros, a toda anulación. La palabra significa literalmente ‘esfuerzo’: el Yihad
se describe como la tendencia a hacer mejor y más fructíferas las cosas. Cada
uno tiene su Yihad, su combatividad se desencadena incluso en el ámbito de su
cotidianeidad y de sus experiencias, y su fuerza está en el rigor con que los
musulmanes lo han aplicado.
Yihad y definición orientalista
Tenemos una imagen deformada del Islam. Hay un Islam que no existe y que es, sin
embargo, con el que Occidente pretende mantener un diálogo, o bien lo combate y
quiere dominarlo y controlarlo. Es el Islam forjado por orientalistas o
arabistas a finales del siglo pasado y comienzos del presente; Edward Said
estudió la génesis de esa imagen en una magnífica obra titulada Orientalismo.
Occidente se acercó al Islam bien pertrechado de
anteojeras que le impedían matizar perfiles y distinguir valores: necesitaba un
Islam concreto que justificara la colonización y lo fue fabricando
paulatinamente.
Los prejuicios no eran nuevos, simplemente se fueron
demostrando de manera sistemática y aparentemente convincente: los estereotipos
que se habían ido acumulando encontraban su correspondencia con lo que el
occidental creía ver en el mundo musulmán pero, en realidad, éste era invisible
para él, sólo contemplaba un hueco pasivo en el que cabían todas sus fantasías.
Así se construyó el musulmán redimible. El Islam está demasiado cerca como para
ser analizado con perspectiva y objetividad.
El Islam fue reducido y confinado a unos límites excesivos: fue descrito como
una religión, cuando en realidad es un conjunto infinito de ideas-fuerzas, de
intuiciones, interacciones y mecanismos mentales y espirituales vertebradores de
todo el universo musulmán y su cultura posterior.
El Islam es difícil de aprehender, es
fundamentalmente una forma de ser y de relacionarse con el entorno que funciona
más en los niveles del subconsciente y , a la vez, es enormemente creativo e
inquieto. El principio del Yihad que moviliza a los musulmanes no es fruto de
una enseñanza o doctrina formal sino el resultado de una práctica enraizada en
un modo de organización social y cultural determinado y basada, a su vez, en
toda una cosmovisión donde prima el sentido de la Unidad.
Tawhid y Califato
El Tawhid, la interpretación unitaria de la existencia, no es susceptible de
ser considerada un dogma ni equiparable simplemente al monoteísmo: no es la mera
afirmación de un dios, sino un modo de ver y de relacionarse en el que prima una
aspiración, el de la reunificación de todo en su misma fuente creadora.
La meta del Tawhid es el Califato, la soberanía. El
Corán describe al ser humano como califa. El califa es el uno-único, el hombre
singular frente a su Señor Uno, Único y Singular; hacer reales estos extremos es
la aspiración de todas las enseñanzas del Islam. Las prácticas del Islam
persiguen hundir al musulmán en una soledad espiritual que le abra las puertas
de lo eterno y con esa experiencia rehacer el mundo, fabricar su entorno y
conquistar su propia realidad.
El Islam es acción: sus directrices describen actos
que, al ser llevados a cabo, engendran realidades a distintos niveles. El punto
de partida es extraordinariamente sencillo. El Corán va dirigido al ser humano
en tanto que cada uno es una criatura única y singular que busca a su Señor
único y singular. Según nuestro Profeta, Allah ha dicho: “No me abarcan ni los
cielos ni la tierra, pero me abarca el corazón del hombre que se me confía”.
Es así como una de las enseñanzas básicas del Islam
afirma la inmensidad del mundo interior del ser humano, capaz de abarcar lo
eterno, y así lo demanda. Allah es el correlato de esa inquietud que no tiene
límites y es una respuesta liberadora: la inmensidad a la que el Islam asoma al
musulmán, lo lleva a trascender todas las contingencias. Allah es sembrado en el
corazón de cada musulmán en un universo en el que no hay fisuras: todo lo demás
es secundario, y a esto se le llama el Califato del ser humano, la soberanía y
protagonismo de su aventura existencial.
Sentido de la Unidad y Califato son los términos de
un binomio sobre el que se alza el Islam como civilización y cultura. De esta
combinación surge el musulmán como alguien que se ha emancipado de la confusión
idolátrica y se autoafirma en su Señor interior que lo gobierna y rige en cada
momento y del que él es la traducción y la imagen en el universo material. De
ahí su necesidad de ser creativo, independiente y protagonista, a semejanza de
la verdad que le hace ser y a la que sirve de reflejo.
Todo lo anterior no es dado al musulmán como doctrina
en la que creer o a la que aferrarse, sino como resultado de una práctica
rigurosa y a la vez sensata del Islam. Bastan unos pocos indicios para
desencadenar el proceso que conduce a la realización de esos ideales, y son los
que el Corán proporciona. Pocos musulmanes lo saben, pero todos lo hacen. El
Islam no se comunica como sistema filosófico o teológico, sino como un conjunto
intrincado de interacciones estimulantes que van dando forma al ideal de califa.
Existe una insinuación básica que consiste en la
afirmación coránica de la unidad y la unicidad de quien ha creado todas las
cosas, de la Verdad que las hace ser, las mantiene y las aniquila en sí, todo
ello expresado en una fórmula que asegura que no hay más realidad absoluta que
Allah. En el fondo, quiere decir que nuestro sentido y destino, el de cada
criatura y el del universo entero, todo lo más, es una fugaz quimera.
Ahora bien, el Tawhid no pretende ser una simple
declaración sino el detonante de una decisión, y se describe entonces como una
senda que sigue el musulmán para comprender lo que significa exactamente esa
enseñanza básica: es necesario verificarla intelectualmente y el Islam va
guiando a la razón hasta una extenuación que se convierte en un fenómeno
transformante; y esa reflexión se ve reforzada y estimulada por acciones
concretas que tienen la virtud de sembrar sus consecuencias en lo más profundo e
íntimo del ser.
Lo Absoluto, Allah, es un reto lanzado al carácter
abismal del espíritu humano y ese desafío reclama la confluencia de todos los
aspectos de la personalidad; en lugar de intentar colmarlo, al musulmán se le
exige aceptar el reto que le lanza su propio ser, y por ello el Islam ofrece
como horizonte la profundidad sin fondo de todo lo que puede ser imaginado e
intuido en un constante acto de desidolatrización. En lugar de detener ese
proceso en algún momento de su peregrinación y de sus descubrimientos, el Islam
invita al musulmán a aceptar la radicalidad de su propia exigencia espiritual
que nunca se sacia definitivamente con nada. Así es como progresa Allah Uno
hacia su propia singularidad.
Lo anterior evidencia algo trascendental para su
actuación en la vida: que Allah es más grande que todo, es decir, que lo
verdaderamente importante y decisivo está más allá de todas las pretensiones
humanas. Y esta certeza se convierte en un grito de guerra que los musulmanes
han opuesto a todas las usurpaciones: el poder está en manos de Allah , en manos
del que crea cada realidad y sólo es posible un consenso universal en torno a Él
y en torno a lo que Él ha revelado. Sólo Allah vincula a los hombres entre sí.
He aquí el germen de la rebeldía ante cualquier forma de dominación.
Más allá de la definición interesada
Aunque nos pueda parecer extraño, todo lo dicho acerca del Tawhid y el
Califato es un breve resumen de la primera parte de una obra escrita por una
mujer, la egipcia Hiba Rauf ‘Izzat, en la que analiza la presencia de las
musulmanas en la acción política, justificándola en esas premisas e intuiciones
configuradoras de la personalidad y el comportamiento de los musulmanes y su
visión de las cosas.
El libro se titula Al-mar’a wa l-’Amal as-Siyasí, y
es un intento de fundamentar en el Islam y sus enseñanzas sobre un hecho común
aunque desconocido en Occidente: el de la participación masiva de la mujer en el
activismo islámico de las últimas décadas.
Se trata de algo que no se quiere ver y que casi se
oculta porque enturbiaría la imagen que ya tenemos concluida sobre la musulmana
como criatura relegada a un segundo plano, pero es un hecho real y fácilmente
constatable su protagonismo en acontecimientos significativos y de primer orden
en los últimos tiempos. El mismo espíritu que alienta en el hombre, habita en la
mujer musulmana.
No obstante, Occidente redefinió el Islam en términos
paralelos a los de su propia cultura, inventó un Islam que no existe
objetivamente, y en ello radican muchos de los malentendidos e incomprensiones
que hacen del Islam un mundo extraño que es juzgado con el recurso a categorías
casi siempre negativas: es un universo atrasado, fanático y oscurantista, y el
integrismo del que se habla hoy no es sino el corolario lógico de estas
características definitorias del Islam.
Efectivamente, desde la óptica orientalista el Islam
es, comparándolo con el modelo occidental, del todo insuficiente y carente de
elementos esenciales para su evolución hacia el ideal indiscutido de las
fórmulas de civilización encarnadas por Occidente. El Islam es presentado
sencillamente como lo opuesto en todo o casi todo a los valores representados
por la configuración europea.
El Islam seguirá siendo desconocido mientras nos
conformemos con la imagen que tenemos de él; es necesario saber de qué Islam
hablamos cuando nos planteamos sus perspectivas de futuro. A finales del siglo
pasado se redactaron diccionarios, se escribió la historia del Islam, de su
pensamiento, de su literatura, de sus instituciones y costumbres, de sus
escuelas y tendencias, y se cerró prácticamente esa labor, realizada casi
siempre por filólogos y no por historiadores o expertos en diversas materias. A
partir de este corpus incuestionable se desarrollarán todas las investigaciones
posteriores que sólo harán algunas matizaciones puntuales y secundarias. El
arabista con aspiraciones enciclopédicas pretendía ofrecer una imagen total del
mundo al que se asomaba con todos sus prejuicios y valores, sin hacer gala casi
nunca de ningún espíritu crítico, sin cuestionarse sus métodos, seguro de poseer
la verdad suficiente con la que cuestionaba todo; frente a un mundo ya definido
como atrasado no hacían falta muchas herramientas.
Y aquella imagen elaborada ha seguido siendo la cantera sobre la que se ha
analizado, se ha pensado y, con ella en mente, se ha intentado tender puentes
hacia el Islam. No es que no haya habido aportaciones posteriores importantes o
significativas sino que éstas han sido pocas, de poco calado e incapaces de
poner en jaque la imagen precedente y sus consecuencias deformantes.
El pensamiento materialista en las sociedades de mayoría musulmana
Pero esto no ha sido lo peor. El triunfo del colonialismo supuso en buena medida
la desarticulación del mundo musulmán. Se ha hablado mucho de los efectos
políticos, económicos y sociales del colonialismo pero poco o nada de sus
consecuencias desequilibradoras para la personalidad cultural del Islam. El
colonialismo barrió el sistema tradicional de transmisión de conocimientos y
privilegió de tal modo su saber que lo institucionalizó.
Generaciones enteras de musulmanes han sido educadas
por docentes occidentales que crearon una élite intelectual llamada después a
ocupar altas funciones en las sociedades coloniales y post-coloniales. Los
intelectuales musulmanes actuales —al menos en su mayoría y, desde luego, los
más representativos y conocidos— son herederos de esas élites y, desarraigados y
ajenos al Islam anterior, se han convertido en divulgadores de esa imagen en el
seno mismo de las sociedades musulmanas.
Ese Islam reformulado crea situaciones originales:
aparece, por ejemplo, la figura del ateo o agnóstico. En un contexto confuso en
el que se entremezclan valores tradicionales, interpretaciones exógenas,
motivaciones personales y poses intelectuales, no se sabe bien a estas alturas
si se trata del rechazo al Dios cristiano o al coránico. Pero, evidentemente, el
ateísmo más o menos académico introduce un elemento para la reflexión dentro del
Islam al que no estamos acostumbrados y ante el que se está desarmado; por
ahora, la respuesta que se da al ateísmo, y eso es sintomático, se recoge de
fuentes cristianas. Los musulmanes rebaten a los ateos con argumentos calcados
de teólogos y pensadores occidentales, es decir, la discusión se sitúa por ambas
partes en un marco exterior al Islam. ¿Se trata de un pseudo-problema que no ha
sido diagnosticado convenientemente?
El carácter circunstancial del ateísmo en el Islam es constatado por su
retroceso con el progresivo descrédito del marxismo tras la caída del muro de
Berlín y, sobre todo, los medios universitarios, en los que podría ser digno de
distinción, se han decantado en la actualidad por la militancia islamista
activa. Sin mayores planteamientos, el ateísmo aparece y desaparece como
fenómeno que no consigue ninguna estabilidad teórica o práctica. Incluso
regímenes hostiles al Islam, como el panarabista del partido Baaz de Iraq, se
ven forzados a concesiones ante la fuerza del Islam emergente y su credibilidad
ante el pueblo. En Turquía crece la tensión ante la cerrazón de un Estado que
quiere mantener a toda costa el calificativo de laico con la única intención de
ser aceptado en el club europeo, aunque ello haga más que incierto el futuro
próximo del país.
El Islam profundo
Frente al Islam de los Estados —el Islam convertido en doctrina oficial, que
se divulga con medios y métodos modernos y que tiene aspiraciones de convertirse
en instrumento de dominio y control— pervive el Islam tradicional arrinconado
entre los desfavorecidos. Ese es el Islam de los que no tuvieron acceso a los
privilegios que repartía el colonialismo, un Islam de barrios y aldeas,
cuantitativamente más numeroso pero alejado de los circuitos que difunden el
pensamiento a gran escala. Pero no es éste un Islam pobre ni mediocre sino todo
lo contrario. A lo largo del siglo XX tal vez haya sido el que ha producido
obras de mayor envergadura intelectual, aunque su desinterés por el mundo
moderno y los derroteros que sigue la historia y la sociedad lo anquilosa en la
marginación. Se trata fundamentalmente del Islam de los sufíes y las hermandades
místicas, vigoroso y profundo, continuador de los mejores maestros de la
espiritualidad clásica.
La definición ‘integrista’
El sufismo ha sido durante siglos un factor de cohesión en medios rurales
con organización tribal, pero ha ido perdiendo importancia con la urbanización
forzada por el colonialismo para reducir su efectividad en campo abierto.
Este Islam tradicional ha sido incapaz o no ha
querido adecuar su discurso a los nuevos tiempos y pervive por el respeto que
inspira, incluso gana adeptos entre catedráticos e intelectuales que quieren
rescatarlo del ostracismo. Es difícil predecir su futuro en las circunstancias
actuales porque hay problemas acuciantes para los que el sufismo no tiene
respuestas: Su altura intelectual, sin embargo, podría devolver al Islam la
serenidad necesaria.
En cualquier caso, existen excepciones notables a
esta regla, como Abdessalam Yasin en Marruecos, de extracción sufí, que ha
liderado una de las resistencias más heroicas contra el régimen de Hasan II. Fue
finalmente encarcelado y, debido a su avanzada edad, pasa sus últimos días bajo
arresto domiciliario en Rabat. No obstante, sus seguidores continúan activos y
reivindican el acceso al poder de un Islam tolerante y abierto capaz de
desmantelar la corrupción y los desmanes de una administración inmoral y dirigir
el país hacia la justicia social.
Los movimientos islámicos son otra cosa. Desde el
momento de las independencias nacionales todas las propuestas occidentalizantes
han fracasado: el marxismo con formas árabes e incluso islámicas, el liberalismo
económico, las monarquías parlamentarias, los nacionalismos, la adopción de
modas occidentales... Todas esas proposiciones han ido demostrando su ineficacia
para solucionar los problemas reales del mundo musulmán, o bien los han agravado
y han degenerado siempre en dictaduras, que en todos los casos han necesitado
del apoyo del ejército y la represión para perpetuarse.
El Islam oficial con el que diversos Estados han querido maquillarse en momentos
puntuales no ha convencido a nadie y, ante el caos, el Islam vinculante ha
aglutinado a los jóvenes, especialmente a aquellos que tienen una formación
media-alta.
Con el nombre de integrismo se pretende meter en un
mismo saco un mosaico infinito de movimientos de todas las tendencias, desde las
más moderadas a las más radicales. Su nexo común es la exigencia de una justicia
basada en el consenso que supone el Islam. El problema en la actualidad es que
sólo los más radicales encuentran interlocutores, ya sea en las dictaduras que
gobiernan los distintos pueblos, ya sea en la intransigencia occidental, incapaz
de asumir el Islam como un derecho natural de los musulmanes. Por supuesto el
diálogo es imposible y las posiciones se agudizan.
Los movimientos islámicos —que arrancan del creado en
Egipto en los años cuarenta por un maestro de escuela, Hasán al-Banna, fundador
de los Hermanos Musulmanes— han sabido elaborar un discurso sencillo, claro y
directo, capaz de expresar aspiraciones comunes. También han sabido aprovechar
las facilidades que los medios modernos proporcionan a la divulgación de las
ideas y han sabido llegar a todas partes: libros, prensa, casettes, vídeos...
Todo es puesto al servicio del Islam combativo de los movimientos islámicos. Su
facilidad para contactar con el pueblo los convirtió pronto en una amenaza para
los estados surgidos de la descolonización y han sufrido graves represiones que
siempre han superado para adoptar nuevas formas en la clandestinidad o en la
legalidad, según las circunstancias. Su dinamismo es espectacular y la
experiencia enseña que en situaciones de normalidad son capaces de convencer a
la mayoría.
La silsila del sheij al-’Alawi
Se trata de un Islam de trincheras, como lo definió en su momento el Shaij
Sidi Ahmad al-’Alawi, uno de los máximos representantes de la espiritualidad
sufí del siglo XX. Este maestro publicó un significativo artículo en el que
lamentaba el cambio tan brusco que se estaba produciendo en la forma de vivir el
Islam. Nos dice que, en menos de una generación, el universo que él había
conocido cuando era joven se desmoronaba ante la necesidad de cambio que la
colonización introdujo en su país, Argelia.
Ese Islam espontáneo que no necesitaba definirse porque se vivía como algo
natural y que los niños aprendían en contacto con su entorno y no en lecciones
organizadas, producía un tipo humano que el maestro sufí reconocía como el único
musulmán realmente posible, pero se esfumaba ante el imperativo de tener que
defender al Islam frente al desastre. En las ciudades comenzó a reunirse la
gente para discutir sobre el carácter imprescindible de esa lucha por el Islam
en todos los frentes, incluso en el teórico, por lo que se hacía necesario una
reformulación que lo hiciera comprensible para las nuevas generaciones educadas
por los franceses y que ya no entendían el lenguaje de sus mayores. Pero todo
ello implicaba, según el Shaij, una adulteración en la que se perdían hechos
fundamentales.
Con ello el Islam sufría una mutación importante:
empezaba a convertirse en una ideología, se daba una versión del Islam por la
que había que optar y que crearía fisuras en el seno de la comunidad. La actitud
del maestro sufí sería la de replegarse y volver a su mundo, derrotado y
marginado por los franceses; luego lo sería también por el Estado argelino y los
futuros musulmanes, quienes no podrán ya comprender ni su actitud ni sus
motivaciones y que verán en él la confirmación del fanatismo e inoperancia del
Islam.
Atrás queda su obra, llena de autenticidad y nervio,
una de las más interesantes producidas por el Islam del último siglo. Puede ser
que algún día vuelva a ser rescatada del olvido y que los herederos de aquellos
doscientos mil discípulos que llegó a tener en vida reaparezcan para insuflar de
nuevo el hálito de la belleza en el Islam, un Islam que ahora se margina para
poder sobrevivir en condiciones adversas. Para que ello sea posible son
necesarios otros despertares, una situación en la que la obra de un maestro de
la altura del Shaij al-’Alawi tenga sentido y proyección.
La crítica generalizada del islamismo: una tarea difícil
No puede hacerse una crítica generalizada de los movimientos islamistas; cada
uno de ellos es un mundo y tiene un proyecto distinto para el futuro. Son, en
cualquier caso, una esperanza a tener en cuenta: la esperanza de que el Islam
retome las riendas de su propio destino y vuelva a hacer posible genialidades
que, en cualquier caso, ya están surgiendo en otros niveles.
En cualquier caso, el Islam combativo de estos
movimientos es visto como una amenaza. Los analistas occidentales quieren ver en
estos procesos el resultado de coyunturas económicas y culturales y, por tanto,
se trataría de fenómenos transitorios. En este sentido aconsejan tomar medidas
que —al solucionar las causas del descontento y devolver las aguas a su cauce—
harían desaparecer la amenaza del ‘integrismo’. Pero olvidan algo esencial, y es
que el Islam es una constante que no depende exclusivamente de factores que lo
estimulen; la insatisfacción que está en la raíz de la agitación que vive el
mundo musulmán está estrechamente ligada a la falta de coherencia consigo mismo.
No demanda solamente la satisfacción de unas necesidades inmediatas sino la
solución de graves problemas de identidad.
El discurso árabe contemporáneo ha sido incapaz de
llenar ese vacío. Creado en época colonial como estrategia para dividir al
Imperio Otomano, el nacionalismo árabe adolecía de una artificialidad que no
pudo superar.
Fadi Ismaíl, en al-’Arabi al-Mu’âsir, explica cómo
esa artificialidad condujo a un elitismo excluyente que creó problemas
inexistentes hasta el momento de las independencias, cómo el surgimiento de
otros nacionalismos que han entrado en competencia con el árabe, han ido
desgarrando inútilmente la unidad de un mundo cohesionado hasta entonces por el
Islam.
La reislamización contemporánea
Han cambiado muchas cosas en poco tiempo: la fisonomía de las ciudades, de
la gente, todo ello se ha visto alterado en los últimos años. Pasear hoy por
cualquier ciudad musulmana revela cómo el Islam se va abriendo paso aún en las
situaciones más angustiosas y represivas; abundan los hombres con barba, las
mujeres con velo, se construyen mezquitas por todas partes y en todas ellas
alguien está comunicando un Islam rebelde, igualitario, reivindicativo; en las
librerías de cualquier medina casi sólo se encuentran libros de temática
islámica. Grande es la oferta y la demanda en sociedades donde escasean los
recursos materiales y la alfabetización.
El proceso de reislamización es profundo, acelerado y
prácticamente espontáneo. En este sentido, si bien la labor de los movimientos
islámicos es importante, también es secundaria. Se respira un ambiente favorable
al Islam, un saludable retorno a las raíces donde se retoma el aliento, y los
islamistas son los primeros sorprendidos ante el miedo injustificado que
producen, lo que causa seguramente cierta insatisfacción.
Ante este mundo revuelto, agitado, tremendamente
dinámico y vitalista, hay grandes retos: ¿Está capacitado el Islam para dar
respuesta satisfactoria a todos ellos?
Otro de los grandes mitos falsificadores es el del
supuesto inmovilismo del Islam. Nos encontramos con un problema: el de la Sharî’a,
la Ley Coránica que algunos quieren ver restaurada pero que produce pánico a
otros. Se nos da el ejemplo de Arabia Saudí o Irán y se nos repite que es un
código medieval en el que prima el ojo por ojo y del que la mujer es su
principal víctima y que, al ser una Ley sagrada, es intocable. ¿Cómo salvar este
escollo? De nuevo nos encontramos con juicios que nada tienen que ver con la
realidad.
La Sharî’a consiste principalmente en enunciados
generales cuyos propósitos son interpretables por los musulmanes y adaptables
sin demasiadas reticencias a imperativos de sociedades modernas y democráticas.
Es cierto que hay movimientos y tendencias que
preferirían algunas de las interpretaciones de siglos pasados, las más
restrictivas y drásticas, por simple pereza intelectual o por fidelidad a algún
maestro concreto, pero ello no quiere decir ni mucho menos que sea la única
postura o la única posibilidad. Es verdad que son los que más ruido hacen, pero
también son a los que más oídos se prestan porque posibilitan los
sensacionalismos que alimentan esa imagen negativa que se tiene del Islam.
Aun así prevalece el sentido común y es muy difícil
encontrar entre los musulmanes a quien mantenga que la mujer no pueda salir de
casa, recibir instrucción o que tenga que sufrir alguna mutilación,
especialmente cuando dichas restricciones contravendrían directrices
establecidas claramente por el Profeta.
Existen criterios legítimos en el Islam,
perfectamente desarrollados por los ulemas, que permiten la actualización de la
Sharî’a sin que por ello se tenga que seguir ningún modelo cultural distinto al
propio. Y se está haciendo. Sólo falta la cordura necesaria que haga resaltar
esos trabajos y los destaque por encima de radicalismos infundados que se
parapetan en la intransigencia con el ánimo de salvar una identidad amenazada.
La Sharî’a puede ser fácilmente un valor positivo.
Desde luego es un marco que aporta seguridades a los musulmanes y, por tanto, es
una reivindicación justa, pero también puede ser detonante de reflexiones
enriquecedoras y experiencias aprovechables.
Las ciencias islámicas están conociendo en la
actualidad un auge extraordinario. Su divulgación permite aportaciones que
posibilitan un debate serio que será fecundo con la maduración de las ideas.
Este debate quiere, sobre todo, hacerse con independencia, con confianza en las
propias capacidades, sin servilismos, enfrentándose a las propias
contradicciones. Aún en condiciones adversas, el Islam está dando muestras de
recuperación de la creatividad que le caracterizó en tiempos pasados; si las
circunstancias no truncan ese desarrollo, sus frutos pronto podrán ser
saboreados y serán el augurio de un renacimiento verdadero, insha Allah.
En el mundo musulmán —mezquitas, universidades,
debates y coloquios— se está gestando su futuro. Especialmente las mezquitas,
construidas casi todas ellas por suscripción popular, están recuperando su
función tradicional de espacios de encuentro e intercambio. Se imita en lo
posible el modelo ideal de la mezquita del Profeta en Medina. Desde el Islam
como acción vinculante y socializadora se están buscando soluciones y se hacen
proyectos.
Al margen del Estado —y muchas veces contra el
Estado— se intenta desarrollar una forma de vida que saque del caos y la
desesperación del presente a buena parte de la humanidad.
El Islam tiene garantizada su continuidad en cada
musulmán. De forma desordenada, caótica incluso, los musulmanes crean
comunidades en todo el mundo con el fin de mantener vivo su Islam. La
inexistencia de jerarquías e instituciones favorece su expansión espontánea,
descentralizada, que depende exclusivamente de su voluntad de conservar sus
señas de identidad porque, en realidad, el Islam es extremadamente sencillo: no
necesita de accesorios, reside de forma natural allá donde haya un musulmán, y
hay más de mil trescientos millones pertenecientes a etnias diversas, a culturas
diferentes, con experiencias históricas propias e idiosincrasia particular.
He querido señalar en este trabajo sólo algunas
líneas generales de la situación del mundo islámico de modo global: cada
cuestión de las mencionadas tiene su plasmación propia en cada país, inclusive
en cada región. La imagen del Islam como un todo monolítico choca con la
realidad de cientos de pueblos que, compartiendo cosas esenciales, han sabido
desarrollarlas a su manera, según su propio genio y sus limitaciones.
BIBLIOGRAFÍA
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Islamic Thought, Maryland, 1991.
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Islamic Thought, Maryland, 1995.
Shayj Sidi Ahmad al-’Alawi, Adâmim al-Madd as-Sari; Alif, Tánger, 1986.
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