Diario de un musulmán alemán
Murad Wilfried Hofmann
 
 



Murad Hoffman vuelve a visitar nuestra revista. Tras los artículos dedicados a las... hemos seleccionado aquí fragmentos de su diario. El valor de estas palabras estriba en que fueron escritas “fi-l-tauriq”, en el camino. Son momentos significativos de su descubrimiento del Islam, realizado a través de la observación, incluso de los detalles más pequeños. Ante la brutal represión a la que se ven sometidos en Argelia, Murad Hoffman muestra su asombro por la capacidad de sacrificio de los musulmanes. Pero solo al final la admiración hacia la concepción islámica del mundo acaba transformándose en conciencia.
 

 

Introducción

“Quien no conoce algo, pronto estará en su contra”.
‘Ali Ibn Abu Talib

En lugar de decir de qué trata este Diario, me resulta más fácil decir de qué no trata. No trata de las psicodramáticas ‘Confesiones’ de un converso. Tampoco de hacer la autopsia a la necesidad, no analizable, es decir, los motivos cognitivos y emotivos de un cambio de religión. Este Diario tampoco es un expediente biográfico, ni un cuaderno de navegación personal, aún cuando en él se hayan recogido fielmente acontecimientos concretos, como los ocurridos en Meca y Medina.

Este libro refleja más un proceso espiritual en el camino de aceptación del Islam y de cómo fue alimentado de unas pocas experiencias cruciales. Por ello se ve claramente qué papel puede jugar la afinidad encontrada con los componentes estéticos, civilizadores y filosóficos de una desarrollada cultura religiosa.

Se envidia a los diplomáticos por estar siempre obligados a lo nuevo, a abrirse a culturas extrañas; aún cuando al final casi siempre permanezcan como espectadores. Convertirse a una cultura ajena identificándose con sus bases religiosas es una aventura intelectual y emocional de más calibre.
Por eso no se puede ignorar que el converso, hasta cierto punto, será un extraño en su propio país, se le mirará “con nuevos ojos” y entrará por ello en un diálogo consigo mismo. De esto sí, de esto trata este libro.
Rabat, Verano de 1991. Murad W. Hofmann.

Prólogo a la primera edición

Las notables opiniones que se manifiestan en este diario alumbran el camino por el cual el autor se ha acercado al Islam en un proceso de años hasta que, finalmente en 1980, se adhirió a él definitivamente. Como expone Murad Hofmann, las anotaciones en este libro presentan únicamente un “Diálogo consigo mismo”, suscitadas por la preocupación intensa de este intelectual alemán sobre problemas de ética, moral y estética.

Rechazado por el materialismo de la moderna civilización tecnológica así como por la esterilidad del pensamiento occidental sociológico con su callada negativa a una interrogación lógica acerca de la definición espiritual del ser humano, evidentemente Murad Hofmann descubrió primero una compatibilidad entre la creación artística y el criterio religioso en el mundo musulmán; un descubrimiento que le reveló sin más en el transcurso del tiempo la estrecha conexión entre la cultura musulmana y la creencia del Islam.

Acuciado por sus experiencias como diplomático y viajero por diferentes países de mayoría musulmana, sobre todo en el Norte de África y Turquía, el autor se sumerge en el estudio del Corán; como resultado de estos años comprendió su conversión al Islam como una consecuencia lógica de su búsqueda de las últimas verdades de la existencia.

Así eligió el nombre de Murad, es decir, “lo deseado” o “lo anhelado”, lo que significan el sentido de las palabras “Propósito” y “Sentido” y que señalan el más profundo objetivo de la vida de Wilfried Hofmann. Para mí no queda duda alguna de que el Diario de las siguientes páginas seguramente ayudará a mejorar la comprensión del Islam también a aquellos occidentales que miran nuestra religión con una hostilidad rayana en la desconfianza y que se niegan aún a considerar por lo menos la posibilidad de una Revelación divina después de Jesús, especialmente esta Revelación que, gracias a su claridad y exactitud, se diferencia esencialmente de la teología pintoresca de la Biblia y de las experiencias religiosas de Occidente.
Lisboa, Diciembre de 1985. Muhammad Asad
Entonces, Buenas noches también para Europa
Schenectady, N.Y., 17 de Mayo de 1951

Desde hace ya un año estudio sociología en el Unión College, cerca del río Mohawk, como estudiante libre. Aquí, el ser humano se investiga en sus funciones sociales de forma puramente empírica. Así, no se parte de una determinada idea del hombre y menos aún de un sentido del ser del hombre. Se mide, pesa, cuenta y registra la manifestación vital del ser humano, y su ‘papel’ se observa sólo en la dimensión social. Esto se corresponde con el concepto del alma naturalista y mecánica de la psicología individual de Sigmund Freud y también con la metodología de Karl von Frisch en su observación de las costumbres e inteligencia de las abejas.

Ya antes de Vance Packard (The Pyramid Climbers, The Sexual Wilderness, The Hidden Persuaders) y Konrad Lorenz (Das sogenante Böse) descubrimos ‘leyes’ del comportamiento de las masas, que serán tanto más normativas cuanto más lea el hombre sobre ellas —estadísticamente se constata— y sepa así lo que es ‘normal’. ¡La manía del americano medio por la normalidad tiene casi carácter de vicio!
Que en tal estudio se deje de lado, no sólo una antropología filosófica sino, sencillamente, toda ética autónoma, se puede observar cada vez con más asombro en mi entorno más inmediato, sobre todo en virtud del atletismo sexual estudiantil. Georg Simmel describió esto hace tiempo como “falta de carácter” del hombre moderno de la gran ciudad. Cuando la conformidad —“to keep up with the Joneses”— se convierte en la reguladora principal del comportamiento social y económico, todo, hasta la verdad, será relativo. El hombre quiere o hace sólo aquello que todos los demás hacen o esperan de él. Ya no sigue a ninguna conciencia que esté calibrada por normas objetivas.

Esta sociología se presenta sin ideología, como enemiga de la ideología. De ahí que sea una creencia enmascarada como ciencia. ¿O no es ideología cuando yo prohíbo hacer preguntas filosóficas y teológicas sobre la existencia humana de todos los tiempos, dejándolas por ridículas? ¿No es esto la expresión en gran medida de un concepto del mundo de la pedagogía americana de la igualdad de clases en el más bajo denominador común inspirado en la sociología? ¡Oh, sí! Esta sociología justificada por la obtención de un resultado deseado. Ateísmo no es para ella sólo una hipótesis de trabajo, sino un axioma.

Si este llega a ser el concepto dominante en todo el mundo occidental, entonces, buenas noches también para Europa.

¿Cómo podemos sostener las diferencias con la pseudo religión del mundo comunista si nosotros mismos elevamos el ateísmo a la categoría de sistema, si reducimos el sistema occidental de valores a un sólo e ilimitado valor neutral y agnóstico?
¡A un accidente así no se sobrevive!
Holly Springs, Mississippi, 28 Junio de1951.

Con poco más que mi uniforme de camarero en mi maleta, llevaba ya 14 días de auto-stop para conocer —desde New Jersey, pasando por Florida— el Oeste de los Estados Unidos. La última etapa, Atlanta-Georgia, quedaba bastante atrás y la próxima, Memphis-Tenesee, parecía ya sólo una cuestión de minutos en automóvil.

De pronto apareció una sombra ante nosotros. El conductor intentó quitar el pie del acelerador. Por ambas partes no había ni la más mínima posibilidad de poder frenar. “Head-on-collision” aparecía al día siguiente en la prensa local. “Unos borrachos cruzan al lado contrario de la autopista”.

En el hospital se confirma la rotura de la mandíbula superior, 19 dientes rotos y perdidos, labio inferior destrozado, el brazo salido de su lugar y un agujero en la rodilla, pero sin conmoción cerebral ni traumatismo. Los dos Chevrolets habían chocado frontalmente sumando aproximadamente 155 Km./h. de velocidad. Con las mismas posibilidades de sobrevivir podría haber saltado desde un quinto piso de un edificio.

Durante la operación facial el cirujano preguntó a la anestesista cómo era mi cara antes. Con mi cabeza indiqué que mi pasaporte estaba en el bolsillo de atrás de mis jeans. El médico observaba cuidadosamente mi foto del pasaporte y los rasgos ahora torcidos de mi cara y, tímidamente, me dijo que podría hacerme una operación de cirugía estética en un par de años... y después, mientras me ponía para la primera noche una inyección de morfina me dijo de pronto: “¡A un accidente así no se sobrevive! Muchacho, Dios tiene algo muy especial para ti.”
Hasta el 25 de septiembre de 1980, más de 29 años después, no supe comprender.

Las imágenes roban la imaginación
Granada/Córdoba, 7 de Julio. 1958

A los catedráticos de Historia del Arte Islámico —Ernst Kühnel, Katharina Otto-Dorn, Alfred Renz— les resulta difícil decidirse por una definición del arte islámico. Sin embargo, cualquier niño reconoce este arte como algo especial, como una unidad.

Oleg Grabar finalmente opinó que este estilo artístico era tan ecléctico que sólo se podía identificar como decoración arquitectónica con propio sentido islámico el uso de signos caligráficos (letras) árabes. Todo lo demás serían elementos extraídos, sobre todo, de las culturas siria, greco bizantina, turca y morisca. ¡Como si alguna vez hubiese existido un estilo artístico libre de estímulos e influencias de otras culturas y formas estilísticas! Toda cultura tiene sus raíces. El gótico tampoco conoció la hora cero.

En cualquier caso tenemos que, en todas las diferentes formas de arquitectura islámica, hay una íntima experiencia islámica que se revela en la sensibilidad del espacio de la Alhambra, en la gran mezquita de Córdoba, la de Kairauán o en la de Suleimán, en Turquía. Lo mismo rige en el gusto por la vida transmitido por los jardines de la Alhambra o el Haram de Meca. El Islam es una religión que puede trasladar aspectos específicos de su creencia a la estética de su arquitectura.

Ahí está por ejemplo el exterior —“más ser que aparentar”— de los palacios islámicos. Se cubren de las miradas como una musulmana vestida con su abaya. Ahí están los lugares de oración islámicos con su estructura democrática y antijerárquica. Ahí esta el alto grado de abstracción de los arabescos, la humanidad de las proporciones, la atmósfera mágica, el lujo paradisíaco de las fuentes y jardines. Permanecer en dichos lugares es, en el mejor sentido de la palabra, elevado. Quien no pueda orar en dichos lugares no aprenderá en las catedrales.

Islámica es, en resumen, la ausencia de imágenes. Se debe más al miedo de los musulmanes al abuso de las representaciones que a una normativa específica; pero exige la concentración en lo inconcebible. ¡Las imágenes roban la flexibilidad a la imaginación!

Tolerancia hasta la propia negación
Cambridge, Massachusetts, 4 de Junio. 1960.

En plenos exámenes finales de derecho en Harvard me casé en la capilla de la universidad, en la sencillez creada por un clérigo de la Iglesia Unionista. Su consejo prematrimonial se limitó a preguntar sobre si yo había sentido alguna inclinación homosexual latente.

En el altar Buda, Confucio, Jesús, Moisés y Muhámmad. Yo encuentro este eclecticismo religioso —¡a su gusto! ¿qué le sirvo?— más bien cómico: ¡tolerancia hasta la propia negación! Así y todo había un engaño cronológico para colocar a Jesús gráficamente en el centro.

¿Pero no se subraya de esta forma gráfica que Muhámmad fue el último Profeta, el ‘sello’? Mientras pensaba en esto —mejor tendría que haber escuchado al repetir la antigua frase inglesa: “And I plight Thee my troth”— me puse automáticamente a tartamudear...

Árabe, el idioma del mensaje
Ghardaia, 9 de Abril. 1962.

En el bar del único hotel del oasis vengo a sentarme junto a un ibadí que intenta protegerse con su albornoz del aire acondicionado. La conversación se desarrolla amigablemente, especialmente si no mencionamos la desgraciada guerra que tiene lugar en la misma puerta. Hasta que le dije que había leído el Corán en la traducción francesa (O. Pesle/Ahmed Tidjani, Le Coran, París, 1954).

En ésto la mirada de mi vecino se vuelve hostil y cerrada. Comprendo finalmente que considera un sacrilegio pretender traducir la palabra de Dios transmitida por Gabriel en lengua árabe.

En cuanto entendí esto comprendí también por qué se oían, al pasear por esta tortuosa ciudad argelina en el oasis, las resonantes voces de los niños recitando ayats coránicos que apenas podían entender del árabe hablando su lengua beréber.

Detrás de ambos fenómenos no hay ninguna idea primitiva. ¡Al contrario! Hay que tener claro que el Corán se considera la legítima palabra de Dios y con ello obtiene un rango, que no se corresponde con ninguna de las partes que componen la Biblia. ¿Es para asombrarse si hasta a las breves citas coránicas en forma escrita se les otorga una veneración de cautela y temor?
Al mismo tiempo hay que tener claro que el pensamiento islámico —en parte aprendido de Aristóteles— ya desde sus orígenes ha deducido de la eternidad y omnisciencia del inmutable y perfecto Dios, que también Su Palabra es eterna e increada, aún cuando el Corán nos haya sido ‘enviado’ en nuestro tiempo histórico y recopilado entre los años 610-632 d.C.
(Sobre esta cuestión de la creación o increación del Corán, los teólogos islámicos se han desafiado duramente, así como en el pasado los filósofos cristianos lo hicieron sobre la cuestión del fin del mundo.)

Por eso no se debe apoyar el concepto infantil de que Dios habla árabe: el mensaje fue dirigido a Muhámmad en árabe porque tanto él como su entorno hablaban esa lengua. ¿Cómo si no? La traducción del Corán no es, por tanto, un sacrilegio; otra cuestión abierta es, a pesar de cientos de intentos, si realmente se puede conseguir.

Alcohol para Alemania
Argelia, 3 de Mayo.1962

Algunos de nuestros compatriotas que extraen petróleo en el desierto pedregoso argelino están enervados y amenazan con marcharse. La guerra se aproxima cada vez más a su campamento. En caso de una retirada de las tropas francesas temen una masacre. El cónsul general alemán, Siegfried von Nostitz, me dio instrucciones de llevar consuelo a la mano de obra alemana con dos cajas de whisky. Hay que mantenerles el ánimo: ¡petróleo para Alemania!

Con un verdadero tiempo de perros volaba yo con el jefe de la empresa alemana en un DC-3 de la segunda guerra mundial sobre las montañas del Atlas. Las cajas de whisky iban junto a mí en el suelo del estrecho pasillo, sin sujeción. Cada vez que el avión descendía repentinamente, flotaban hacia arriba las cajas para, a continuación, golpear peligrosamente el piso. Con todas mis fuerzas las presionaba hacia abajo: !inútil¡. Lo tenía claro: sin aquel whisky mi misión no tendría éxito. Nada de alcohol, nada de moral.
El avión empezó a oler a whisky. Sólo lo absurdo de mi situación me impedía marearme.

En el campamento fuimos recibidos con un tímido ‘Hola’. Las botellas que se salvaron iban de mano en mano, como en las películas del oeste americano. Le conté a la gente que en Argelia vivíamos con más peligro, que en caso extremo los sacaríamos del lugar, y me quedó un mal remordimiento; más aún cuando veía allí presentes a los trabajadores argelinos, mudos y sobrios. Su confianza se basa en la creencia; la moral del trabajador alemán tiene que ser apoyada con alcohol. Alcohol para Alemania.

Encuentro la solución
Argelia, 28 de Mayo. 1962.

Vivo desde hace nueve meses como agregado en el Consulado General de la Republica Federal de Alemania en Argelia y allí, a diario, soy testigo con mis ojos y oídos de una brutal y sanguinaria guerra civil en la que, sólo en esta ciudad, mueren mensualmente hasta mil personas. Casi todas las noches hay una serie de explosiones, durante el día ejecuciones dirigidas en serie.

El Front de Libération Nationale (FLN) lucha, con los medios de la guerrilla ciudadana, contra el estado francés por la independencia de Argelia como República dentro de la Liga de Estados del mundo islámico.
Contra el estado francés luchan también los Pieds noirs, los colonos de ascendencia francesa y española que quieren mantener Argelia como parte de la “France metropolitaine” a cualquier precio.

Tengo que ver cómo se incendian hileras de tanques y se dejan rodar en los barrios del pueblo; cómo se dispara a los vendedores callejeros como a conejos. Desde mi apartamento en El-Biar veo los pueblos de la montaña en la cercanacordillera del Atlas extinguirse con napalm. Mientras busco alemanes en el Hospital Mustafa, llegan cada veinte minutos nuevas víctimas, casi todas con un tiro en la cabeza, pero por detrás.
No obstante ahora tenemos un alto el fuego entre Francia y el FLN y una fecha para la independencia en el verano. Desde entonces, a la Organisation Armée Sécrète (OAS) —entre ellos a muchos legionarios alemanes que han desertado— sólo le importa una cosa: elevar el terror contra la población argelina para que la dirección del FLN no le pueda impedir la ruptura del alto el fuego.

Con este propósito la OAS ha comenzado nuevamente con un “mot d’ordre” a liquidar a la joven inteligencia argelina, así como a disparar también contra las mujeres. En una semana los comandos mataron a más de dos docenas de estudiantes de Farmacia; y ahora se atenta realmente también contra las argelinas.

Cuando los niños de mis vecinos franceses llegaban a casa horrorizados y describían los crímenes atroces contra los argelinos, su madre los consolaba con la cínica constatación: “C’étaient seulement des arabes”. Eran, pues, sólo árabes.

En todos estos meses, provisto siempre de una Walter PK 7.65 cargada, me preguntaba repetidamente cuál sería el secreto de la resistencia y la disciplina argelinas.Encontré finalmente la contestación cuando leí el Corán.

Carácter jurídico de la creencia
Bonn, 17 de Octubre. 1964.

Ahora llevo ya casi dos años en el departamento político del Ministerio de Asuntos Exteriores encargado de nuestras relaciones con India, Pakistán y Ceilán. A pesar de los muchos encuentros con indios y ceilaneses tengo aún dificultades para adivinar sus reacciones. Me ocurre lo contrario con los pakistaníes y bengalíes. Comprendo casi a primera vista cómo ‘funcionan’. Me parecen previsibles.

Esto, con certeza, no es atribuible al mítico parentesco de lengua y sangre entre los indogermanos, sino —mucho más escuetamente— a que los pakistaníes son miembros de una religión ‘del libro’, de fuerte carácter racional y jurídico.

El políglota y erudito indio, Prof. Muhámmad Hamidullah, subrayó ésto en 1941 cuando identificó sin ninguna duda la Constitución de Medina, promulgada en el año 1 d. H. por el Profeta Muhámmad, como la primera constitución escrita en la historia de los estados. El texto de los 52 artículos transmitidos por Ibn Ishaq trataba realmente de la integración de los emigrantes de Meca, del contrato social entre las tribus árabes y judías del asentamiento en el oasis, ofertas de paz y arbitraje, cláusulas de alianza y coalición en estado de guerra, así como derecho de asilo, y reemplazó con ello una estructura tribal medio anárquica por un estado federal igualitario (M. Hamidullah, The First Griten Constitution in the World, 3ª ed., Lahore 1975) ¿Esto no se puede admitir entre juristas occidentales e islámicos?

Amor por un dólar
Hong Kong, 16 de Junio. 1971.

De camino a Tokio y Kyoto para unas conversaciones de la cúpula entre dirigentes de proyectos germano-japoneses hicimos un alto en Hong-Kong para tomarnos un respiro, mi jefe, el director general del Ministerio Dr. Dirk Oncken y yo. Al sobrevolar Vietnam —mientras la Air France nos servía una comida de primera de la cocina del Ritz— pudimos ver los ataques aéreos sobre el bien visible camino de Ho Tschi Minh. Aunque ahora nos encontremos en una típica fase de la guerra. “Prostitutas de todos los países ¡uníos!” es lo que parece ser que alguien ha pedido a voces.

Callejeando por las estrechas calles no se puede uno librar de estas muchachas. Realmente impresionante que una jovencita china se agarre a mí y llorando me ruegue repetidamente que por favor la tome por “¡one dollar only!”.

Y para ganar más, había que ofrecer en este sector algo bien perverso, algo bien especial, la sádica sodomía china. El ejército americano así mismo sufre pérdidas por enfermedad en el frente sexual, las cuales no le van a la zaga a las pérdidas en combate en el frente de guerra. Aún antes de aparecer el Sida.

Cuando la decadencia sexual lleva a la aparición de estas consecuencias, algo parecido se desarrolla en el ámbito cristiano. Primero aparecen los dedos acusadores que hablan del castigo o de la venganza de Dios, en referencia, por ejemplo, a homosexuales y drogadictos. Acto seguido uno se revela contra esas interpretaciones metafísicas e irracionales, consideradas por la medicina como casualidades, y se compadecen de las víctimas como corresponde al amor al prójimo del cristiano.

El musulmán ve la misma complejidad pero más sobriamente. Sabe que los Mandamientos de Dios revelan el orden interno de las cosas, es decir, no son para Dios, sino que están hechos para el ser humano. Si éste cumple los Mandamientos (y con ello se hace un favor) o no (y con ello se perjudica), no le pone ni le quita nada a Dios.

Uno se choca borracho contra un árbol, otro contrae sida por relación anal, un tercero es la víctima inocente como acompañante en un accidente de automóvil o como esposa de un contagiado de sida. El mecanismo es el mismo: no es castigo, sino la necesaria y automática consecuencia de una vida contra el orden de las cosas. El derecho coránico no se llama en balde “Vía, camino” (Sharî’a).

Y esto lo tiene el musulmán presente cuando al recitar la Fátiha, la primera Sura del Corán, pide con regularidad ser conducido “por el camino recto”.

Tras la pista de los arrianos
Viena, 2 de Noviembre. 1974.

El investigador británico Sir Richard Burton (1821-1890) publicó, justo después de su extremadamente difícil y peligrosa peregrinación a Medina y Meca (1853), una franca y exacta descripción fotográfica de ella: Personal Narrative of a Pilgrimage to Al-Madinah & Meccah, una inestimable pero —para las condiciones de aquel tiempo en el Hiyaz— una vergonzosa fuente de aprovisionamiento de datos de carácter histórico, temporal, cultural y natural.

En la sociedad victoriana se indignaban algunos porque un cristiano hacía creíble su Islam. Otros le echaban en cara a Burton el haber mentido demasiado poco. En realidad Burton se había iniciado en una verdadera e inabarcable dimensión de la creencia, la historia, la lengua y la cultura del Islam.

Era comprensible que sus lectores lo fueran sólo si admitían que Richard Burton no sólo se había convertido en un musulmán, sino que era incluso un sufí de la Orden de Abd al-Qadir Jilani. Con todo, Burton, en su tercera edición de 1879, sólo podía señalarlo vagamente. Con el espíritu del unitarismo sufista escribía en ese tiempo que incluso los musulmanes admiradores de Abraham no eran otra cosa que “Cristianos heterodoxos, es decir, Arrianos”. Sus conceptos se aproximaban más a la creencia de Jesús que, pongamos por caso, a la creencia desviada de un Pablo de Tarso o Atanasio. Según su experiencia, Burton pensaba que los musulmanes estaban realmente más instruidos, que eran más tolerantes y altruistas que sus hermanos los cristianos.

Los que han sido educados cristianamente llevan un rechazo instintivo contra el Islam y, aún cuando luchen contra los prejuicios negativos, dejan entrever juicios sobre el Islam que tampoco pudo evitar Burton. Esta barrera en la percepción funciona tanto hoy en día como hace 800 años durante las Cruzadas, independientemente de lo que el Vaticano haya estado diciendo mientras tanto.

La tolerancia del Corán
Sofía, 26 de Julio. 1976.

A mi regreso del 8º Concurso Internacional de Ballet en Varna —la olimpiada paralela de baile— me encuentro en la capital búlgara con una capilla bizantina bajo el nivel de la calle, como construida en una cueva; levantada durante la época otomana bajo tierra, se trata de la iglesia de Santa Petra Samardschiska. Este fenómeno es un ejemplo de la opresión turca a los cristianos.

El hecho se vería de muy distinta manera si se supiese que los cristianos españoles durante la Reconquista destruyeron todas las mezquitas —como en Málaga— o las convirtieron con bárbara brutalidad en iglesias —como en Córdoba. A la mezquita del viernes en Argelia le ocurrió esto mismo en el siglo XIX. También en Serbia y Grecia se buscan en vano mezquitas de la “época turca”. En Belgrado se han arrasado todas excepto una.
¿No nos resulta, en comparación, casi incomprensible que los conquistadores musulmanes por regla general no sólo dejaran sus iglesias a los cristianos, sino que les permitieran la construcción de otras nuevas? ¿Podríamos admirar, si hubiese sido de otro modo, la iglesia de Cora o las catedrales ortodoxas griegas y armenias de Estambul? ¿Y qué habría quedado fuera de los escombros si la actuación musulmana hubiera sido según el ‘modelo’ cristiano? ¿Qué hubiera sido de las iglesias de los conventos ortodoxos en el lago Ochrides, en Gracanica, Decani, Sopocani, Pec y Studenica? ¿Y de la Hagia Sophia en Constantinopla?
La solución al acertijo es la tolerancia del Corán frente a los creyentes de las otras religiones del Libro, que hizo que se desarrollase rápidamente un avanzado derecho islámico para minorías y extranjeros.
Según el Corán, en asuntos de religión no debe haber ninguna presión (2:256); el pluralismo religioso se presenta como una situación sana de competencia deseada por Dios (5:48)

“Y si Allah así lo hubiera querido hubiera hecho de vosotros una sola comunidad”.  (Corán: 42,8)

Esta tolerancia conduce finalmente a que Jesús sea entendido por los musulmanes como un profeta decisivo, como el judío más importante.
“Él os ha decretado la fe que os prescribió Noé, lo que te revelamos y lo que ordenaron Abraham, Moisés y Jesús”. (Corán: 42,13)

Bajo el derecho de minorías (siyar) formaron los cristianos bajo dominio islámico su propia comunidad de los protegidos (dhimmis). Ellos podían seguir practicando su religión respetando el Islam. Del servicio militar estaban excluidos —ya antes de la aparición de la “objeción de conciencia”— a cambio de pagar un impuesto de liberación personal (chizya). Como los judíos en la Edad Media cristiana, así también tenían que ser reconocidos los dhimmis en su vestuario. Aunque no en el gobierno, en los campos cultural y científico tenían todas las oportunidades, y así podían consumir vino y carne de cerdo. El Islam, por lo demás, se comprometía a la fidelidad del contrato también frente a los no creyentes.
Desgraciadamente las Cruzadas condujeron a que la suerte de los cristianos en la zona de dominio islámico (dar al-Islam) a menudo empeorara. Así, no podían ser sus casas e iglesias más altas que los correspondientes edificios musulmanes: ¡Motivo también para el hundimiento de Santa Petra Samardschiska!

Durante la implantación del rito schafi’ita fue prohibido hasta el sonido de las campanas. Entonces ¿qué importa todo esto si tenemos en cuenta que a los musulmanes de la zona reconquistada por el dominio cristiano no sólo se les prohibía la llamada a la oración, sino su creencia?

El ayuno como adoración a Dios
Belgrado, Ramadán 1977.

Mi fiel y esquelético pero tenaz jardinero, un albanés de Kosovo con los comprometedores nombres de Ramadani Ramadán, cumple el mes de ayuno ejemplarmente, sin descuidar con ello su trabajo. Después de romper el ayuno en la noche (iftar) camina a pie desde Dedinje alrededor de 5 kilómetros hasta la mezquita, en el viejo Belgrado, para cumplir en las proximidades del Kalemegdan (antes Kale Meydani) su oración del Ischa (oración de la noche). Nosotros le invitábamos a menudo a la comida del iftar. Como hiciera en su día mi criado argelino en Argelia, Ramadani no permitía ningún bocado al amanecer, en cuanto en el exterior pudiera distinguirse un hilo blanco de uno negro.

Igual de obstinado fue, hace poco, un pasajero en el vuelo de JAT a Estambul. Con miradas esporádicas a su reloj defendía la comida servida a bordo que la azafata quería recoger, hasta que finalmente llegó el iftar.
Si a estos creyentes sólo les importase perder peso con su ayuno, adelgazar, apoyar solidariamente a los hambrientos no voluntarios de África o realizar un entrenamiento de fitness y disciplina, entonces no tendría importancia si el ayuno se rompe un par de minutos antes o después.
Pero eso es algo secundario para el musulmán. Primero ayuna como se le ha encomendado. Como el esclavo que es, sirve a su Señor.

Ciego sin revelación
Belgrado, 28 de Marzo. 1978.

Es bueno relajarse de la lectura difícil de un libro con la lectura de otro libro difícil. Por eso leo casi siempre paralelamente al menos dos libros. De momento escojo clásicos de entre los filósofos islámicos de los siglos X-XIII, algo como Ibn Rushd y al-Ghazzali, Tahafut al-Tahafut (Londres 1969). Averroes —como era costumbre aún entre nosotros en el siglo XIX— era bastante agresivo con su oponente espiritual, Abu Hamid al-Ghazzali.

Esto se observa ya en la refutación al Tahafut al Falasifa donde Ibn Rushd cita, párrafo por párrafo, casi la obra completa; párrafo por párrafo va desarrollando su refutación, introducida cada vez con el orgulloso “Yo digo.”

Estos filósofos islámicos de la temprana Edad Media no se habían librado aún de los cuestionamientos de sus promotores griegos, y seguían las vías señaladas por Platón, Aristóteles, Plotino y Proclo.

Con esto se reducía su problemática a cuestiones como la eternidad o la creación del mundo; la relación entre lo existente y lo posible; la naturaleza del alma. Especialmente fascinados estaban los de aquella época por los enigmas cosmológicos: si Dios podía ser el Inmutable, el Originador ¿Por qué los astros no se encuentran en otro curso? ¿Cuántos ángeles pueden haber?

La cuestión filosófica que hoy en día nos mueve más, la cuestión del ‘sentido’, fue en esta época levemente rozada. Planteaban algo así como la cuestión de si Dios ha realizado un deseo a través de la Creación del mundo. Se miraba fijamente hacia atrás, replegándose hacia el sistema de Aristóteles. ¿Tal vez se habría considerado inadmisible tratar de investigar el motivo divino?

Todos estos testimonios de elevada inteligencia impresionan hoy sólo como prueba de la ingenuidad de este pensamiento cuando se aplica a las deducciones metafísicas. Sólo podemos llegar a un sinsentido si aplicamos la lógica determinada por nuestro tiempo y espacio a Aquél que sólo conoce un entorno sin espacio: a Dios.

Frente al enigma del Ser, hasta lo conocido queda finalmente sin explicación. Por eso, hasta lo maravilloso resulta normal. En otras palabras: sin Revelación estamos ciegos.


 

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Revista Verde Islam. Número 17. Año 6. 2001
    Publicación digital del Centro de Documentación y Publicaciones de Junta Islámica