Carta décimosegunda
Nos fueron dando una a una, las perlas del collar. Las fueron dejando en
lugares sorprendentes. Una aquí, otra allá. Aquella persona que otros no
valorarían, nosotros sabemos que es portadora de una de las perlas. Este collar
de gloria engarza muchas vidas, Nombres, lugares, tiempos, inteligencias y almas
sensitivas.
Desde la cumbre lejana nos han llamado. Aquí estamos
aunque los ojos no nos vean.
En el instante en que nos llamaron levantamos las
tiendas del corazón y lo dejamos vacío. Nos marchamos para que el mejor de los
Huéspedes se aposentara en él.
No nos preguntéis, porque la anulación de nosotros
nos ha conducido a la ignorancia y al conocimiento.
Todo cuanto fuimos yace ya en el olvido, todo lo que
placía a nuestro corazón, todo lo que nuestros sentidos apetecían ha quedado
borrado como las ondas de la arena tras pasar la tormenta.
Una a una, las gemas de la corona se han ido
encontrando. Cuando la corona ha estado completa se ha buscado un rey de poder,
una frente digna de ceñirla y he aquí que este rey tiene tantas frentes como
estrellas tiene el cielo.
Oíd, en el silencio de la noche, cualquier murmullo
que escuchéis de nuestros labios; será una oración.
No pidáis, pues no sois pordioseros. No ofendáis a
vuestro Señor; Él es el Único que sabe.
Olvidad todo lo que habéis aprendido, destejed lo
tejido, fabricad el paño nuevo, aquel que os vestirá de honor y os ocultará a la
multitud.
¿De que sirven las palabras? Como los aullidos del
viento en las ruinas, son las palabras sin Palabra. Deshacen las murallas pero
no construyen nada. ¿De qué sirven los gestos? Como las pantomimas de un mal
actor son las acciones sin Realidad.
¿De qué sirven, pues, tantas palabras y gestos? Si
vuestro Señor no os espera al final de cualquiera de esos caminos, son caminos
equivocados. Atended al corazón. El Amor es el Camino seguro.
Carta decimotercera
Os extrañáis porque estoy triste y reprocháis los lamentos que salen de mis
labios y las lágrimas que vierto.
¡Cómo no van a llorar mis ojos si mis gentes,
borrachas de ignorancia, han extraviado el camino y se pierden en los atajos del
abismo!
¿Cuánto soportará el espíritu del justo? ¿Cuántas
veces el malvado derramará su ponzoña y envenenará las aguas que el inocente ha
de beber?
El malvado y el mentiroso, alejados de la Verdad,
como en una pesadilla, consumen sus vidas nefastas.
¡Cómo no van a llorar mis ojos, si sus bocas son
pozos de infamias y sus corazones, abismos de maldad!.
Algunos discuten interminablemente sobre cuestiones a
las que su entendimiento no alcanza. Mientras, dejan que el vino se pierda en
los barriles.
Los que discuten, buscan saber cosas, buscan saberes,
almacenan datos, racionalizan lo racionalizable, pero ni buscan ni encuentran el
conocimiento.
Un hombre que vivía en un pequeño pueblo, en las
montañas, oyó una vez a un viajero hablar de un león, tales rasgos maravillosos
le aplicó el narrador al animal, que el hombre quedó subyugado con la idea de
ver alguna vez a un ser tan portentoso. Desde entonces, a cualquiera que pasara
por el pueblecito, nuestro hombre le preguntaba si había visto alguna vez un
león. Cada persona preguntada le respondía según su experiencia con el felino.
Para unos era horrible y enorme, cruel y feroz; para
otros, noble y hermoso, de bello color dorado, de hermosas melenas. Unos lo
veían grande, otros no tanto. Incluso llegó a conseguir dibujos y más tarde,
fotografías.
Duraron muchos años estas investigaciones y cuando
creyó que ya lo sabía todo sobre el animal y que lo reconocería en cualquier
lugar y circunstancia, vendió sus pocas posesiones y se lanzó a viajar en busca
del objeto de sus estudios. No llegó muy lejos. En el primer oasis en el que
paró se había detenido también una caravana que transportaba una jaula con
leones.
Nuestro hombre, que no había visto nunca esos
animales, se acercó con cuidado. Recordando todo cuanto había estudiado creyó
reconocer en ellos el motivo de su viaje. Abrió la jaula para comprobar todo
cuanto había aprendido, él, que no había aprendido la prudencia, terminó
devorado y sin saber nada.
¿Habéis entendido?
Carta decimocuarta
Los honores son nubes pasajeras y polvo en las sandalias. Los honores
valiosos y perdurables vienen de lo Único, y nadie los ve.
Hemos bajado a los valles y hemos subido a las
montañas y en todas partes percibimos su Presencia.
Somos guerreros. Durante el día y la noche nos
combatimos sin tregua. Sin darle cabida al desaliento empuñamos las armas en una
batalla incierta. No nos distraigas con pequeñas escaramuzas, pues la nuestra es
una guerra grande y se dirime allí donde no podemos faltar. Si en ti no has
encontrado un campo de batalla, ya has sido vencido. Si lo has encontrado,
mantente alerta, porque el enemigo es astuto y amable, eres tú mismo.
Había una vez, por las tierras de al-Ándalus, un
anciano venerable que había pasado gran parte de su vida solo, sin más compañía
que su burro, en una cueva en la sierra. Alejado del trato con la gente y
dedicado solamente a sus oraciones y al pensamiento de lo profundo, la fama de
santo del anciano corría por toda la comarca y aún más allá. De todas partes
acudían personas necesitadas de consuelo y de ayuda. Tanto y tanto creció la
fama de este hombre que llegó un momento en el que los grupos de gente que se
reunían frente a su cueva para verle eran enormes. Él, a todos atendía con
paciencia, pero la cantidad de gente seguía creciendo sin cesar.
De la paciencia pasó a la desesperación y de ahí a la
resignación. A todos atendía sin protestar, pero no llegó jamás a conocer a
ninguna de aquellas personas que lo veneraban. Un día, entre el gran número de
mujeres que se acercaban a él, se encontraba una que llevaba un niño pequeño de
la mano. Cuando la mujer se acercó al anciano, aquélla agachó la cabeza y empezó
a contarle a éste sus problemas, pidiéndole seguidamente la solución de ellos.
Mientras, el niño fijó su atención en el burro que permanecía alejado unos pasos
de su dueño mordisqueando unas hierbas, ajeno a todo aquel barullo. Después de
jugar un rato con el paciente animal, el niño se encaró con el ermitaño y le
dijo:
— “¿Lleváis aquí el mismo tiempo?”
— “¿Quiénes?” —preguntó el anciano.
— “El burro y tú.” —contestó el niño.
El anciano miró con ternura al niño y le contestó:
— “Sí, llevamos el mismo tiempo en soledad.”
— “Entonces... seréis igual de sabios” —respondió el niño, mirando con astucia a
los ojos del hombre.
La madre, aturdida, dio al niño un palmetazo en el
cogote y no sabía cómo pedir perdón por la impertinencia del chiquillo. El
anciano miró al niño cuando dos gruesos lagrimones resbalaban por sus curtidas
mejillas.
— “En realidad, hijo mío, ahora veo que nada he llegado a saber que no pueda
saber también mi burro.”
Se dice que el noble anciano tuvo tiempo para viajar
por muchos lugares y que llegó a ser un auténtico conocedor. Siempre recordó la
mirada de aquel niño, que fue para él una voz potente que le despertó.
Si la Misericordia os da una voz, contestad rápido
“¡Héme aquí!”, porque, a veces, no se os llamará más.
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