Cartas XII-XIV
Qamar bint Sufan
 
 


Como en otras metafísicas, en la metafísica sufi, la respetada Montaña de Käf ó Qäf tiene un papel destacado: allí habitan los djins, los genios, y se la supone situada en el Cáucaso, inaccesible a los humanos, al menos en su condición normal.

También se la conoce por la “Montaña Blanca” situada sobre una “Isla Verde”, montaña en cuya cúspide moran las aves sagradas.

Käf está en el centro y a la vez en el extremo del mundo, es el límite entre lo visible y lo invisible; un lugar intermedio y mediador entre el mundo terrestre y el mundo angélico. Lugar donde se manifiesta el Espíritu y se espiritualizan los cuerpos. Su tierra, dirá Ibn ‘Arabí, “se hizo con lo que quedó de la arcilla con que fue formado Adán”.

Es el lugar donde mora Simurgh, Rey de los Pájaros. Los místicos sufíes inferían de ello que la montaña en cuestión es la haqiqat del hombre, su verdad profunda. El nombre de Käf es también el de una letra, cuyo valor numérico es 20.
 

 

Carta décimosegunda

Nos fueron dando una a una, las perlas del collar. Las fueron dejando en lugares sorprendentes. Una aquí, otra allá. Aquella persona que otros no valorarían, nosotros sabemos que es portadora de una de las perlas. Este collar de gloria engarza muchas vidas, Nombres, lugares, tiempos, inteligencias y almas sensitivas.

Desde la cumbre lejana nos han llamado. Aquí estamos aunque los ojos no nos vean.

En el instante en que nos llamaron levantamos las tiendas del corazón y lo dejamos vacío. Nos marchamos para que el mejor de los Huéspedes se aposentara en él.

No nos preguntéis, porque la anulación de nosotros nos ha conducido a la ignorancia y al conocimiento.

Todo cuanto fuimos yace ya en el olvido, todo lo que placía a nuestro corazón, todo lo que nuestros sentidos apetecían ha quedado borrado como las ondas de la arena tras pasar la tormenta.

Una a una, las gemas de la corona se han ido encontrando. Cuando la corona ha estado completa se ha buscado un rey de poder, una frente digna de ceñirla y he aquí que este rey tiene tantas frentes como estrellas tiene el cielo.

Oíd, en el silencio de la noche, cualquier murmullo que escuchéis de nuestros labios; será una oración.

No pidáis, pues no sois pordioseros. No ofendáis a vuestro Señor; Él es el Único que sabe.

Olvidad todo lo que habéis aprendido, destejed lo tejido, fabricad el paño nuevo, aquel que os vestirá de honor y os ocultará a la multitud.

¿De que sirven las palabras? Como los aullidos del viento en las ruinas, son las palabras sin Palabra. Deshacen las murallas pero no construyen nada. ¿De qué sirven los gestos? Como las pantomimas de un mal actor son las acciones sin Realidad.

¿De qué sirven, pues, tantas palabras y gestos? Si vuestro Señor no os espera al final de cualquiera de esos caminos, son caminos equivocados. Atended al corazón. El Amor es el Camino seguro.

Carta decimotercera

Os extrañáis porque estoy triste y reprocháis los lamentos que salen de mis labios y las lágrimas que vierto.

¡Cómo no van a llorar mis ojos si mis gentes, borrachas de ignorancia, han extraviado el camino y se pierden en los atajos del abismo!

¿Cuánto soportará el espíritu del justo? ¿Cuántas veces el malvado derramará su ponzoña y envenenará las aguas que el inocente ha de beber?

El malvado y el mentiroso, alejados de la Verdad, como en una pesadilla, consumen sus vidas nefastas.

¡Cómo no van a llorar mis ojos, si sus bocas son pozos de infamias y sus corazones, abismos de maldad!.

Algunos discuten interminablemente sobre cuestiones a las que su entendimiento no alcanza. Mientras, dejan que el vino se pierda en los barriles.

Los que discuten, buscan saber cosas, buscan saberes, almacenan datos, racionalizan lo racionalizable, pero ni buscan ni encuentran el conocimiento.

Un hombre que vivía en un pequeño pueblo, en las montañas, oyó una vez a un viajero hablar de un león, tales rasgos maravillosos le aplicó el narrador al animal, que el hombre quedó subyugado con la idea de ver alguna vez a un ser tan portentoso. Desde entonces, a cualquiera que pasara por el pueblecito, nuestro hombre le preguntaba si había visto alguna vez un león. Cada persona preguntada le respondía según su experiencia con el felino.

Para unos era horrible y enorme, cruel y feroz; para otros, noble y hermoso, de bello color dorado, de hermosas melenas. Unos lo veían grande, otros no tanto. Incluso llegó a conseguir dibujos y más tarde, fotografías.

Duraron muchos años estas investigaciones y cuando creyó que ya lo sabía todo sobre el animal y que lo reconocería en cualquier lugar y circunstancia, vendió sus pocas posesiones y se lanzó a viajar en busca del objeto de sus estudios. No llegó muy lejos. En el primer oasis en el que paró se había detenido también una caravana que transportaba una jaula con leones.

Nuestro hombre, que no había visto nunca esos animales, se acercó con cuidado. Recordando todo cuanto había estudiado creyó reconocer en ellos el motivo de su viaje. Abrió la jaula para comprobar todo cuanto había aprendido, él, que no había aprendido la prudencia, terminó devorado y sin saber nada.
¿Habéis entendido?

Carta decimocuarta

Los honores son nubes pasajeras y polvo en las sandalias. Los honores valiosos y perdurables vienen de lo Único, y nadie los ve.

Hemos bajado a los valles y hemos subido a las montañas y en todas partes percibimos su Presencia.

Somos guerreros. Durante el día y la noche nos combatimos sin tregua. Sin darle cabida al desaliento empuñamos las armas en una batalla incierta. No nos distraigas con pequeñas escaramuzas, pues la nuestra es una guerra grande y se dirime allí donde no podemos faltar. Si en ti no has encontrado un campo de batalla, ya has sido vencido. Si lo has encontrado, mantente alerta, porque el enemigo es astuto y amable, eres tú mismo.

Había una vez, por las tierras de al-Ándalus, un anciano venerable que había pasado gran parte de su vida solo, sin más compañía que su burro, en una cueva en la sierra. Alejado del trato con la gente y dedicado solamente a sus oraciones y al pensamiento de lo profundo, la fama de santo del anciano corría por toda la comarca y aún más allá. De todas partes acudían personas necesitadas de consuelo y de ayuda. Tanto y tanto creció la fama de este hombre que llegó un momento en el que los grupos de gente que se reunían frente a su cueva para verle eran enormes. Él, a todos atendía con paciencia, pero la cantidad de gente seguía creciendo sin cesar.

De la paciencia pasó a la desesperación y de ahí a la resignación. A todos atendía sin protestar, pero no llegó jamás a conocer a ninguna de aquellas personas que lo veneraban. Un día, entre el gran número de mujeres que se acercaban a él, se encontraba una que llevaba un niño pequeño de la mano. Cuando la mujer se acercó al anciano, aquélla agachó la cabeza y empezó a contarle a éste sus problemas, pidiéndole seguidamente la solución de ellos. Mientras, el niño fijó su atención en el burro que permanecía alejado unos pasos de su dueño mordisqueando unas hierbas, ajeno a todo aquel barullo. Después de jugar un rato con el paciente animal, el niño se encaró con el ermitaño y le dijo:
— “¿Lleváis aquí el mismo tiempo?”
— “¿Quiénes?” —preguntó el anciano.
— “El burro y tú.” —contestó el niño.

El anciano miró con ternura al niño y le contestó:
— “Sí, llevamos el mismo tiempo en soledad.”
— “Entonces... seréis igual de sabios” —respondió el niño, mirando con astucia a los ojos del hombre.

La madre, aturdida, dio al niño un palmetazo en el cogote y no sabía cómo pedir perdón por la impertinencia del chiquillo. El anciano miró al niño cuando dos gruesos lagrimones resbalaban por sus curtidas mejillas.
— “En realidad, hijo mío, ahora veo que nada he llegado a saber que no pueda saber también mi burro.”

Se dice que el noble anciano tuvo tiempo para viajar por muchos lugares y que llegó a ser un auténtico conocedor. Siempre recordó la mirada de aquel niño, que fue para él una voz potente que le despertó.

Si la Misericordia os da una voz, contestad rápido “¡Héme aquí!”, porque, a veces, no se os llamará más.

 

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Revista Verde Islam. Número 18. Año 6. 2002
    Publicación digital del Centro de Documentación y Publicaciones de Junta Islámica