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Este era un hombre llamado Noyolo. El día 12-Técpatl se embriagó con pulque y a
la media noche lo atropelló la Máquina en la calzada de Cuauhtitlán.
Por razón del golpe que sufrió se
le abrió un abismo en el corazón. Los médicos del Seguro Social no lo pudieron
curar, le dijeron:
—”Noyolo, no tienes remedio, tu herida es abismo, no se puede cerrar.”
Noyolo sentíase cuarteado, rajado, tijereteado; dejó su trabajo de mecánico en
un taller de camiones y se fue al Sur, al lugar que nombran Xochistlahuaca, o
sea, llano de flores.
De verdad es un sitio muy bello;
se sentó a descansar sobre una piedra roja y blanca y su herida comenzó a
sangrar. Entonces habló:
—“¡Pobrecito de mi corazón con este abismo! ¿Quién lo podrá poblar?”
Le responde Xochistlahuaca:
—“Quizá yo te sane, Noyolo, permíteme entrar en tu abismo.”
Como lo que sentía este Noyolo era un barranco muy hondo pensó que si entraba
Xochistlahuaca quedaría curado. Dijo que sí. Se quedó tranquilo, sin moverse,
sin parpadear ni respirar, y por los redondos ojos se le metió Xochistlahuaca
gota a gota.
Noyolo decía:
—“¡Qué suave y fresco eres al entrar, Xochistlahuaca! Pero, ya adentro...¡qué
punzante y amargo te me conviertes! Siento la humedad y el abrazo de la tierra
negra. Siento el aliento y la mano caliente de la tierra café, siento las
tristes y andrajosas cosquillas de la tierra gris, siento las llaves y las
navajas de la tierra blanca...
Dice Xochistlahuaca:
—“Te he dado la tierra.”
Noyolo se quejó:
—“El abismo es el mismo.”
Entraron después los pirules, los eucaliptos, los álamos y los magueyes, los
sauces y los encinos, los ocotes con las praderas, y se fueron perdiendo en el
Noyolo como se pierden en el océano ocho peces pequeños mitad verdes mitad
plateados. Ni siquiera le dolían las raíces, ni siquiera las ramas le hacían
cosquillas, ni siquiera el viento helado que silbaba en Noyolo se había dado
cuentas de las copas de los árboles.
—“¡Me duele más el abismo!”, gritaba el Noyolo.
Llegaron las flores; una por una
fueron cayendo: no daban perfume. A simple vista, uno diría que se habían
secado...y no, ahí estaban, como enojadas, como resentidas, como enmuinadas
porque no lucían en valle tan amplio, en barranco tan negro.
Noyolo sangraba, se revolcaba de
dolor. Entraron las bestias, las aves y los insectos. Noyolo no resistió:
—“¡Vete de aquí Xochistlahuaca! ¡Más has herido mi corazón! Estoy casi muerto de
espacio.”
Escupió a Xochistlahuaca y se fue
al Norte, al lugar que se nombra Calixtlahuaca o sea llano de casas. En
Calixtlahuaca vivían 63.036 familias en blancas casas cúbicas sin techos y sin
ventanas. Noyolo visitó a cada familia, a cada hombre, a cada mujer, a cada
niño, a cada perro; a todos los miró por su nombre porque el nombre de todos, si
se les miraba fijamente y con amor, se veía en sus ojos. Conoció sus mesas, sus
paredes, sus cucharas, sus radios, su tractolina quemada, sus focos fundidos y
sus retratos enchinchados.
A todos invitó a entrar a su
corazón, y todos entraron porque no hay nadie malo. Entraron hasta los
mariguanos, los raterillos, las chismosas y los amargados.
Todos entraron y se perdieron en
el corazón del Noyolo: los hombres sentían pavor de tanta tiniebla; las mujeres
no divisaban a sus hijos; los niños, al no sentir la mano que los guía,
lloraban; los perros perdieron el rastro y aullaron...
¡Tan grande era el corazón del Noyolo!
Uno a uno salieron del abismo y volvieron a Calixtlahuaca para seguir su vida de
periódico: no cambiaron sus ojos ni irguieron el pecho.
Así fue como supo el Noyolo que su
corazón era más profundo de lo que se imaginaba y entonces fuése al Oeste, al
lugar que se nombre Coixtlahuaca, o sea llano de víboras: allí había un hoyo por
el que nomás cabía una persona.
Noyolo bajó y buscó a las
inmundicias que pueblan el Oeste en una gruta tan baja que sólo podía avanzar a
rastras sobre el guano de los murciélagos.
Primero se topó con el maldito
Huichilobos, cara de rata y garras de uranio. El muy canijo se coló en el
corazón del Noyolo: y una lluvia de sangre bañó su interior. ¡Pobre Noyolo!
¡Cómo sufrió! Las iras y los demonios de frentes sucias caían como rayos
desmembrados.
Después vino Yaotl, o sea el
Disturbios, el Once lenguas, el Ignorante, el Irresponsable Borracho y se puso a
gritar malas razones y crudas blasfemias, pero su voz apenas si se oía en la
soledad de aquel espacio.
Después vino Mictlán, el
Corrompido, el de vientre agusanado y quijadas encaladas y se puso a verter
hediondeces, intestinos de cabra y pulmones amarillos de gato, pero el olor
apenas si se arrastraba por el abismo Noyolo.
Al fin llegó Nemontemi, o sea Nada
ni Nada, sin cuerpo y sin alma, como esfera de falso verde viscoso y fue
llenando los senderos oscuros con sus babas y excrecencias.
El Huichilobos, cara de rata y
garras de uranio, el Yaotl, once lenguas de borracho, el Mictlán de quijadas
encaladas y el Nemontemi, esfera viscosa de falso verde, se cansaron de vagar en
Noyolo y regresaron a Coixtlahuaca como comparsa fracasada.
El pobre Noyolo se fue dando de
alaridos desesperados detrás del Nemontemi, pero al fin cansado se fue al Este
al lugar que se nombra Citlaltépetl, o sea cerro de la estrella. Allí se
encontraba de pie como esperándolo una mujer más bella que los paisajes que se
ven bajo el crepúsculo desde las altas montañas.
Noyolo se acostó con ella y a la
media noche bajo la lluvia comenzaron a platicar y a verse los ojos a la luz de
los relámpagos. Estaban los dos desnudos, trabados, tibios y amorosos.
¡Qué delicados! ¡qué preciosos!
¡qué joyas los dos! Él dijo:
—“Me nombro Noyolo”.
Ella dijo:
—“Yo soy Tepetitla.”
Él dijo:
—“Mi corazón es un abismo sin fondo, tiniebla, una noche de rombos.”
Ella dijo:
—“Mi corazón es montaña nevada, sol deslumbrante entre nubes que esconden mi
altura.”
—“Somos el uno para el otro”,concluyó Noyolo.
Pero Tepetitla no dijo nada. ¡Qué filoso el silencio! Calló, miró turbio y
sangrante a la vez, después se rió muy despacito y suavecito sin querer herir y
ofender:
—“¿Somos el uno para el otro? ¿puedes acaso poner el pico de mi montaña hacia
abajo y colocarla sobre tu abismo? somos el uno para el otro...”, repetía
Tepetitla mezclando lo virgo y la llaga.
Noyolo se abrazó más fuerte a ella; no quería dejarla porque sabía que ya había
ido al Norte, al Sur y al Oeste. Sólo le quedaba el Este, y por eso no quiso
dejarla ir hasta que se hizo la aurora y sintió gran helada en los huesos.
Ya no había curación posible.
Ya se ahogó su esperanza.
Ya ni supo cuando Tepetitla se le despegó de su cuerpo.
Ya ni quiso levantarse.
Así se quedó, tirado, aventado en el lodo, abriéndose más el abismo hasta que
dejó de ser el Noyolo y se hizo un abismo. Un barranco llamado Noyolo.
Canto del Noyolo en las Noches de Angustia
Ya creció un poco más el infierno
que anida en el alma
porque el rostro cubierto de niebla
—huracán misterioso de espejos—
a nadie le canta.
Quién tuviera los labios del río,
la voz enramada,
para hablarle a tus ojos profundos
—de mi espíritu triste a tu lirio—
sin rotas palabras.
Pero soy un abismo enrejado
de turbias ventanas,
pero soy un Noyolo de piedra,
—en la lengua y los ojos, el cardo—
ausencia de lágrimas.
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