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Millones de seres humanos se han rendido a los pies de una imagen devastadora,
una imagen que aniquila la más fecunda capacidad de imaginar, que hace difícil
precisar la cifra nefasta de la muerte porque nos hace presentir a las otras
víctimas, a esas otras imágenes sucesivas de guerra y venganza desproporcionada
que los poderes están ahora dibujando para lavarle la cara al símbolo maltrecho,
para recuperar mediante la cirugía el corazón herido del american way of life.
La imagen recuerda ese arcano antiguo del Tarot, la Torre herida por el rayo, la
Torre de Babel, y otros símbolos escatológicos.
Millones de espectadores atónitos
ante la imagen de la destrucción inevitable, del Talión revivido —sobrecogidos
en la repetición incesante de una sola imagen que pone en peligro su sentido de
la realidad— asumen sin poderlo evitar los mensajes y consignas de la ideología
única, la sola palabra que tiene hoy poder para definirlo todo, a amigos y
enemigos. Esa imagen nos ha mostrado a todos por un lado el error de cálculo de
Francis Fukuyama, que había preconizado el fin de la historia, y por otro el
triunfo a todas luces de las tesis de Huntington, el inevitable enfrentamiento
entre un mundo rico y civilizador y otros mundos arcaicos y retrógrados que se
empeñan en mantener sus culturas oponiéndose al paso de la apisonadora global.
Aunque es cierto que hoy la
disidencia y la autocrítica tienen muy poco peso en el seno de las sociedades
del bienestar, se han levantado voces y plumas alertando a la dormida ciudadanía
de los aviesos intereses que se esconden tras las bambalinas del poder económico
y militar. No han sido los musulmanes quienes más han alertado del peligro que
supone dar una carta blanca a Estados Unidos para que continúe con más fuerza la
cruzada que hace ya tiempo emprendió contra el Islam en todo el mundo.
El propio Fukuyama ha salido a la
palestra y habla de los acontecimien-tos del World Trade Center como de un
revulsivo que puede sacar a los estadounidenses de su desinterés por las
cuestiones políticas y llevarlos a una mayor conciencia de los problemas reales
que existen fuera de sus fronteras. O sea, que considera los hechos como una
“lección saludable” que provocará cambios significativos en las relaciones entre
Estados Unidos y el mundo exterior. Según afirma este analista, estamos ante el
fin del aislacionismo y la relajación que han generado dos décadas de bonanza
económica, pero el principal cambio será de naturaleza psicológica cuando dice:
“Quizás así la primera potencia se
convierta en una nación más normal y corriente, en el sentido de estar sujeta a
unos intereses determinados y a una auténtica vulnerabilidad, en lugar de estar
convencidos de que son capaces por sí solos de definir de manera unilateral la
naturaleza del mundo en el que viven.”
Todo esto nos habla de la
complejidad de una situación que, por supuesto, no se ha resuelto ni podrá
resolverse mediante la guerra, porque de lo que se trata en definitiva es de una
confrontación entre quienes defienden la guerra como medio, la alientan y la
expanden y quienes la sufren y están convencidos de que la solución no es
precisamente la escalada militarista.
No sólo Estados Unidos, sino todas
la potencias supervivientes de la Guerra Fría, encarnan concepciones
expansionistas y de dominio. Los primeros están ahora en plena cresta de la ola
y son reconocidos por todos los demás como líderes indiscutidos del proyecto de
ordenación global. Se pactan las condiciones de la guerra igual que se pactan
las condiciones de la paz, desde la desigualdad, desde la amenaza de los que son
más fuertes, de esos que ahora tratan las cuestiones comerciales que se
derivarán previsiblemente de la prometida venganza. Mientras, el capital
internacional abre a China las puertas de la Organización Mundial del Comercio
—China llevaba décadas aspirando a ello y lo ha conseguido dos días después del
atentado, en plena paranoia de ‘reordenamiento’ global— garantizándole su
parcela en el nuevo reparto a cambio seguramente de su neutralidad ante la traca
que viene.
Entretanto, los medios de
comunicación van construyendo poco a poco la narración de la guerra como
fenómeno inevitable para frenar el avance de la amenaza islámica, presentada a
los televidentes con todos los rostros posibles de la crueldad y del atraso. Se
ha señalado al Islam y a los árabes con dedo acusador, incluso antes de poderse
probar la autoría de estos hechos execrables, incluso antes de que se produjeran
los atentados, día a día, informativo tras informativo, durante años.
La misma debilidad de la acusación
contra los autores y las otras interpretaciones —se han hecho análisis que
apuntan a la extrema derecha norteamericana, al narcotráfico, al capital
internacional y al sionismo, no sólo en Oriente Medio sino en muchos medios de
comunicación occidentales— son cuestiones que, de momento, permanecen
cuidadosamente envueltas por la estrategia norteamericana en espera de una
versión definitiva y consensuada que se emitirá oficialmente una vez que Estados
Unidos sepa realmente hasta dónde puede llegar.
Se puede especular sobre
argumentos posibles que puedan interesar a este orden nuevo y reluciente como el
acero. Argumentos que pasan por demostrar la amenaza que el Islam supone para la
civilización. Para ello no están ahorrando esfuerzos en la construcción de una
imagen religiosa. En los documentales que están emitiendo las televisiones sobre
Usamah Ibn Laden, éste aparece siempre investido de un aura mesiánica capaz de
conmover a las almas de los fanáticos, con la legitimidad necesaria para llamar
al Yihad a todo el mundo islámico, ser reconocido como el Mehdi y arrastrar a
millones de musulmanes a un seguro holocausto. Existe la necesidad de acabar con
el Islam porque es el último baluarte de oposición significativa al proyecto
global. Para ello es necesario denigrarlo, ensuciarlo y hacerlo irreconocible,
de una manera realmente hipócrita.
En lo que sí coinciden muchos
analistas es en alertar de los peligros de la nueva situación, y en señalar a
sus beneficiarios y perjudicados.
Algunas consecuencias
Se refuerza la legitimidad de la cultura de la guerra en nombre de la
civilización y frente a la barbarie. Pero ya desde hace tiempo, mucho tiempo, se
está diciendo que la barbarie es el Islam, una forma de vida deformada y
distorsionada por la ideología de los medios de comunicación hasta la saciedad.
Se ha trabajado intensamente durante los últimos años en condicionar a los
ciudadanos occidentales para que relacionen naturalmente al Islam con el
peligro, con el terror, con la amenaza. Se ha definido así a un enemigo que
puede estar en todos sitios, que vive incluso entre nosotros, en los suburbios
de las grandes ciudades europeas y americanas, que puede amenazarnos en
cualquier esquina, un enemigo que quiere justificar de forma rotunda la
propuesta de un estado policial global a la manera de Orwell o Huxley. Ese
estado policial es el que necesita el nuevo orden para poder llevar a cabo la
expoliación definitiva de los recursos que aún quedan en el planeta. El atentado
de New York es el cierre de la definición, su nihil obstat.
Israel tiene ahora las manos libres para cerrar el cerco a los palestinos.
¿Quién alzará ahora su voz contra la verdadera barbarie, una barbarie legalizada
y legitimada desde sí misma, desde su propio poder? ¿Quién detendrá ahora el
genocidio que se viene perpetrando sin interrupción desde hace siglos contra los
desposeídos, contra los pobres de todos los lugares del mundo? ¿Quién osará
plantarle cara a una humanidad monstruosa que ya ni siquiera puede reconocerse a
sí misma en una cultura, en una ética ni en una espiritualidad?
Israel está ahora en un momento
muy delicado. Desde el asesinato de Isaac Rabin las cosas han cambiado mucho en
esa tierra. La irrupción de Sharón, acusado de crímenes contra la Humanidad y
calificado de genocida durante la Conferencia contra el Racismo de Durban, en la
explanada de las mezquitas hace unos meses también ha formado parte del guión.
El viejo sueño del sionismo de reconstruir el templo sobre la explanada de las
mezquitas podría hacerse pronto realidad, coincidir incluso con la fiel
reconstrucción de las torres caídas, alarde tecnológico de la nueva era que irá
tomando cuerpo a medida que se supere la recesión.
Es cierto que el panorama es
sombrío. La conciencia crítica, el librepensamiento residual que aún pueda
quedar entre los escombros del World Trade Center no tiene el peso ni la
influencia suficientes para llevar adelante un proceso de autocrítica que
pudiera reconducir a esta forma de vida a su propia continuidad, no tiene fuerza
para oponerse al pensamiento único, arrogante y autoritario. Hasta nuestro
presidente Aznar, imbuído de esa misma ideología única, ha definido el ataque
terrorista no como una agresión contra la Humanidad, sino contra la democracia y
la libertad, parafraseando su discurso antiterrorista nacional.
Todo terrorismo es, antes que
nada, un crimen contra la humanidad. Luego podremos definir su expresión
política según nuestra ideología o nuestra forma de pensar. Es una zafiedad
decir que los musulmanes no sentimos compasión por esas víctimas inocentes que
han muerto en número tan elevado. Los musulmanes de todo el mundo somos
sensibles a la muerte gratuita y a la injusticia y luchamos contra ellas, cada
uno en su Yihad, que no es esa Guerra Santa fanática y sanguinaria que ahora se
perfila en los medios de comunicación, sino la lucha interna de cada uno para
resolver el conflicto, el compromiso de cada ser humano con la verdad. Sentimos
un enorme pesar por las víctimas y consideramos a este horrible atentado como
uno de los mayores crímenes contra la Humanidad que han tenido lugar en esa
Historia que ahora parece contradecir a Fukuyama.
Víctimas son los ciudadanos de
multitud de procedencias, etnias y nacionalidades que estaban en las torres, los
militares y estrategas del Pentágono que perecieron allí, pero esas víctimas,
cuyas cifras e imágenes están siendo cuidadosamente manejadas, no deben ocultar
a su vez al grueso de las víctimas habidas y por haber, que se presienten
muchas.
Ya se ha definido el escenario y
se ha condenado a un pueblo, a los afganos que llevan sumidos en la pobreza y la
guerra tantos años, que tantas pruebas de entereza han dado, que tantas
geoestrategias han soportado en forma de guerra civil y empobrecimiento. Todo
ser humano al que quede un poco de conciencia de la realidad debería oponerse
con todas sus fuerzas al crimen que ahora se está perpetrando contra un pueblo
castigado e inocente de lo que ahora se le imputa desde el poder.
La imagen del horror, de la
amenaza y el miedo no deberían insensibilizarnos ahora que se está llevando a
cabo el siguiente capítulo del genocidio. Esa conciencia residual debe —ahora o
nunca, por el alcance de las posibles consecuencias— posicionarse en contra de
la verdadera barbarie, de la barbarie que quieren imponernos legalmente a todos,
a los enemigos y a los aliados, por la fuerza y sin rechistar.
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