Al día siguiente de los atentados, y teniendo la misma información que nosotros
—todos somos consumidores de televisión— la prensa española prácticamente en
bloque estaba señalando al mundo islámico, unos de forma descarada y otros de
una manera más velada.
Si un terrorista irlandés hubiera
hecho eso a nadie se le hubiese ocurrido acusar al ‘mundo católico’ como
culpable, como albergador de ninguna ‘trama’, ni alimentaríamos el odio
indiscriminado hacia todos los católicos del mundo. Pero eso es precisamente lo
que hacen los medios de comunicación, siendo así los transmisores (a veces sin
saberlo) de la incomprensión y de todos los estereotipos.
Nosotros somos musulmanes,
seguimos la senda del Islam porque creemos que es la mejor vía de entendimiento
entre todas las naciones, un entendimiento que no pasa por imponer un modelo
monolítico de vida sino por el reconocimiento de nuestra pertenencia al mismo
origen increado. La palabra musulmán designa al hombre que reconoce dicha
pertenencia y se somete a Al-lâh, la Realidad inabarcable. ‘Musulmán’ no
designa, en la mente del occidental, nada más que a un hombre armado y con barba
que vive en el desierto o tiene su guarida entre las montañas. Casi nos da
vergüenza tener que decirlo, pero nuestros compatriotas muestran hacia el Islam
una incomprensión rayana en lo increíble, y aún sabiendo —¿o no lo saben?— que
hay unos 1.200 millones de musulmanes en el mundo, insisten en propagar la
imagen que a ciertos poderes les conviene.
No es posible en estas líneas
desenredar semejante ‘trama’, sólo quiero decir que una traducción posible de la
palabra musulmán es la de “pacificador-pacificado”, siendo por ese carácter
pacificador un hombre activo en su comunidad y, como hombre pacificado, aquel
que se entrega a la Unidad como Absoluto. Siendo así y viviendo según estas
premisas, se nos hace imposible pensar que un musulmán realice un acto semejante
de barbarie al que vimos suceder el martes, pero ya dije que somos 1.200
millones, y es normal que una comunidad tan inmensa, al verse constantemente
denostada y vulnerados los derechos de muchos de sus miembros, genere unos
cuantos individuos que clamen venganza. Creo que eso, aún siendo injustificable,
puede ser comprensible para todos.
Sabemos que el ser humano es
conducido a veces hacia callejones sin salida donde explota como un endemoniado.
La cultura de la violencia nos da pruebas a diario de ello, y nosotros solo
pedimos que no se prejuzgue desde aquí a todos los musulmanes por eso, por una
situación que a muchos nos desborda y paraliza. ¿Es posible que esos países que
se llaman a sí mismos civilizados se lancen a semejante campaña de despropósitos
como los que estos días hemos visto? ¿Es posible que nos metan a todos en un
saco?
Es cierto que el Islam es
incompatible con el capitalismo cuando éste se basa en la destrucción y en la
guerra. Es cierto que el Islam propone una vía de paz contraria al expansionismo
de cualquier imperio, que propone un modo de vida ajeno al consumismo y a la
explotación indiscriminada de recursos, que propone una vía de encuentro que no
quieren comprender los poderes, atareados en buscar nuevos consumidores, en
fomentar la competencia despiadada y la codicia. Pero estos son débiles
soportes.
Algunos ejemplos de la prensa
Quisiera ahora realizar un breve comentario sobre esos periódicos, siempre
comprendiendo que entre sus muchas páginas pueden haberse colado a veces
opiniones imprudentes, ajenas al talante democrático que los caracteriza.
Las informaciones son muchas,
tantas que estamos desbordados. Sólo hemos escogido dos ejemplos superfluos
entre los muchos posibles. Y créanme cuando les digo que hay algunos
aterrorizadores, que dan ganas de dejar de llamarse Abdelkarim o Ahmed. No creo
tener que insistir en ello, pues existe ya en la mente de miles de personas una
asociación entre las palabras ‘terrorismo’ e ‘islámico’ que, por decirlo
suavemente, nos preocupa. Se trata de una asociación instintiva, como en uno de
esos experimentos conductistas en los cuales se le da una descarga eléctrica a
un ratón cada vez que se le ofrece el queso.
En la edición del martes de El
País, en la misma portada, leemos sobre los atentados: “con el claro sello del
conflicto árabe-israelí”. En un artículo interior de Carlos Mendo se dice lo
siguiente: “la política de represión de Ariel Sharon, basada en la táctica de
asesinatos selectivos de eventuales terroristas, sale reforzada en la conciencia
popular por los atentados de Nueva York y Washington”.
Son éstas palabras muy graves, por
lo menos imprudentes. ¿Por qué se asocia el asesinato sin juicio de “eventuales
terroristas palestinos” a un atentado cometido por no se sabe aún quién? Estamos
abriendo las puertas a la justificación de la barbarie y a la represión más
impune, pues todo el mundo puede llegar a ser un ‘eventual’ terrorista para el
poder que nos gobierna, y ya sabemos que a todos los poderes a los que se les da
una posibilidad de eliminar a sus opositores no dudan en emplear ese poder hasta
sus últimas consecuencias.
La sociedad occidental se ha
salido ya hace mucho tiempo de los marcos de la legalidad aceptando situaciones
como estas, que ahora se presentan como una posibilidad a gran escala, sin velos
y a la luz del día. Lo de la “conciencia popular” se refiere, sin duda, a la
opinión pública, pero en su aspecto de conciencia, en su lado más sensible. Esa
sensibilidad herida parece justificar el terrorismo de estado para nuestro
periodista, que así únicamente contribuye a que esa opinión pública se
insensibilice y acepte la barbarie como algo mecánicamente lógico.
El diario ABC ya incluía, en su
portada del miércoles y como titular, la frase “el terrorismo islámico ataca a
occidente”, dando por hecho una autoría que ni siquiera había sido afirmada con
claridad por las autoridades estadounidenses. En su interior leemos titulares
estremecedores: “el fanatismo integrista islámico ha arrastrado al mundo a una
crisis similar a la que provocó el ataque japonés a Pearl Harbor...”,
participando así en la difusión de esa especie de paranoia guerrera que se ha
adueñado de nuestra sociedad. Lo cierto es que parecen no recordar que en los
últimos años han habido matanzas igualmente abominables que no han suscitado más
que un pequeño comentario piadoso. Pero claro, en ese caso se trataba de cuasi-seres-humanos,
de tercermundistas y no de ciudadanos del mundo ‘civilizado’. La diferencia de
trato y de importancia dada a unos muertos sobre otros es abominable. Para
nosotros la sangre de todos los hombres es la misma, vale lo mismo en su pureza
incuestionable de criatura.
Las alusiones a Pearl Harbor en ABC han sido constantes estos días, aún cuando
aquí no hay enemigo japonés sino unos fantasmales terroristas que anidan como
excusa de todas las batallas. Eso se vió confirmado ampliamente al día
siguiente, cuando leemos: “Los Estados Unidos en pie de guerra”, mientras en su
editorial se anima a una escalada bélica “contra el integrista islámico” para el
cual “la democracia es una forma de impiedad que despoja a su Dios de Su poder
en provecho de las criaturas humanas; el capital financiero y el judío que ocupa
la tierra sagrada expresan el poder maligno que debe ser exterminado”.
Para combatir a esa concepción es
necesario, claro está, firmeza moral y todo lo alejada posible del pensamiento
débil, de “la debilidad moral de nuestros dirigentes”.
El clima bélico ha sido
minuciosamente preparado, casi al detalle. En la portada de La Vanguardia se nos
dice: “Bush prepara la guerra con apoyo de la OTAN”. Se trata de “una lucha
monumental entre el bien y el mal”.
Nos aproximamos hacia una Guerra
del Golfo a gran escala, siendo el Irak de ayer todos los países de mayoría
musulmana. ¿Se trata de convertir a Oriente Medio en un inmenso Irak, es decir,
en un campo de concentración?
La aplastante lógica de la maquinaria bélica está adueñándose de todos los
corazones, está jugando a través de la prensa a los soldados, amenazando acabar
con millones de personas del modo más cruel posible: jugando al tiro al blanco.
Los poderes tienen que probar sus nuevas armas y ¿qué mejor blanco que esos
musulmanes “fanáticos miembros de una religión fanática” que se interponen en el
camino de la globalización y la uniformidad?
No debemos permitir que eso suceda, y apelamos a la conciencia (sensible) de los
periodistas, tanto como a su código ético para que no se dejen arrastrar por
este espíritu de guerra.
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