Soy un hijo de la guerra. Es el día después y no puedo trabajar. Mi mente zumba
frenética buscando explicaciones y soluciones; buscando qué lugar me corresponde
en todo esto.
Mi abuelo era militar y fue
fusilado al comenzar la guerra. Mi otro abuelo era militar, y fue degradado por
negarse a dar el tiro de gracia en un pelotón de fusilamiento. Mi padre quería
ser médico y con diecisiete años lo hicieron militar como tributo a la guerra.
Luego cuando se iba a licenciar lo reengan-charon por si otra guerra, la
mundial, llegaba a su ‘patria’. Nunca pudo desarrollar su vocación de sanar.
Cuando yo tenía la edad en la que él vistió por primera vez el uniforme, se
quitó la vida.
Pero vengo de una familia buena. A
pesar de tantos militares, me consta que ninguno mató y nadie nunca me dio un
ejemplo de dañar deliberadamen-te a un semejante.
En este aspecto he sido
afortunado. Sin embargo, viví en guerra con mi padre, en parte porque él no
estaba en paz consigo mismo; no pudo alcanzar el sentido de su vida. Viví en
guerra con mi madre; por motivos de la guerra no tuvo padre y pasó su infancia
separada de su madre. No tuvo cariño ni protección paterno ni materno, no supo
darme lo que yo necesitaba, y no nos entendimos.
Viví en guerra con mi ex-mujer.
Encontré una con conflictos semejantes y durante diez años saltaron las chispas.
Diez años después de la separación pude comprender su bondad. Y: ¿vivo en guerra
con mi hijo? Bueno no, quizás he encontrado una solución técnica para evitarlo:
no nos tratamos. Nos queremos, pero parece que el fantasma de la guerra aún
pasea por el clan tras cuatro generaciones, interponiéndose entre nosotros. Por
supuesto, toda relación que me cause un grado de conflicto que suene a guerra,
la acabo eludiendo. Y vivo solo.
La guerra no es una broma. Nunca
conocí una, pero llevo grabadas sus huellas en mi sangre. Por eso me espeluzna
lo de las Torres Gemelas. Más que las escenas, el sufrimiento de los que allí
perecieron y el dolor de los que han visto arrebatados a los suyos, me espanta
ver otra vuelta de rosca en la historia de esta pobre humanidad: Los terroristas
yendo a la muerte con tal de causar un feroz daño. ¿Quizás eso mejorará las
vidas de los suyos?.
El poder americano buscando
represalias. ¿Acaso las represalias militares impedirán que entre miles de
millones aparezcan otros locos asesinos con cuchillos bajo los pies?
¿Contribuirán siquiera a que dejen de aparecer, o generarán más odio?
Terroristas islámicos y políticos norte-americanos unidos por una tragedia
común: la creencia de que pueden quitar la vida en el nombre del Único que la
da. Pobres almas enfermas. Atados los unos a los otros por el odio, se dedican
más pensamientos que una pareja de enamorados.
¿Y el resto del mundo? Niños
palestinos saltando de alegría en la calles. ¿Creerán que es un juego?
Gobernantes israelíes diciendo que es el momento de asaltar los asentamientos
palestinos. Gobernantes europeos mostrando preocupación porque también va a
haber muertos de este continente, como si aquí nos hicieran de otra pasta.
También hubo reacciones humanas como la de los ojos atónitos de Yasir Arafat. Y
en nuestro país: Alguien comenta en la calle: “Es horrible pero se lo han
buscado.” ¿Se dará cuenta de lo que está diciendo? Una amiga dijo algo muy
bello: “El dolor en su casa les ayudará a ser más compasivos. El pueblo
americano es un pueblo grande, y los grandes son siempre generosos”. También
amigos que satanizan a los unos o a los otros. Y yo mismo, viéndome reflejado en
el orgullo herido de los americanos, cuando respondo alterado ante alguna
agresión personal.
Es todo parte del mismo juego. Un
trágico juego en el que nos hallamos envueltos desde hace milenios. No nos
enteramos. No queremos entender que cuando uno mata, morimos todos; que cuando
uno muere, matamos todos. Nos damos cuenta de que no fueron de los nuestros sino
de los suyos. ¡Como si hubiera nuestros y suyos! Nos dedicamos a observar que no
ha sido aquí, sino allá. ¡Como si hubiera aquí y allá!
¿Dónde están los Ghandi, los
Luther King de esta época? ¿Dónde están aquellos que tienen el sello indeleble
de la paz en sus almas? Ni siquiera existe el consuelo de su presencia. Y los
niños viendo la escena una y otra vez. Hijos de un tiempo donde la violencia es
tan visible... Sus mentes programadas quizás no distingan que esta vez no es una
ficción de Hollywood.
Me cuesta mucho vivir en un mundo
donde todos nos miramos tanto el ombligo; donde hay ricos tan ricos y pobres tan
pobres. Y sobre todo, lo que más me cuesta es que unos se maten a otros, y otros
a unos, y todo en el nombre del Uno. Porque lo de Pearl Harbour, lo de
Hiroshima, lo de Vietnam, lo de Bagdag tampoco debió suceder nunca. ¡Nadie
merece eso!
La violencia está instituida en las mismas raíces de esta humanidad. Hay tanta y
es tan común, que casi se pasa por normal. La pequeña violencia en las familias
no es distinta de la gran violencia en los estados.
En cada pequeño acto en que un
fuerte abusa de un débil existe violencia. En cada acto contra la naturaleza se
manifiesta. En cada palabra hiriente dedicada a alguien, se encuentre o no se
encuentre presente, mostramos violencia. En cada rico que obtiene provecho de un
pobre, se ostenta. Aún en cada presión ejercida sobre un semejante se revela
violencia.
¿Y cuántas veces la practicamos a
lo largo del día?
Verdugo y víctima son dos caras de la misma moneda. Estaremos encadenados al
horrible sufrimiento de la violencia hasta que comprendamos que somos Uno; que
esto no lo arreglan el poder militar ni la tecnología, ni el espionaje, ni los
sistemas de seguridad, ni las leyes, ni ninguna otra cosa creada por el hombre.
Lo único que lo va a solucionar es la concordia, la equidad, la justicia y la
compasión para todos. La única postura válida que encuentro para mí, un
ciudadano común, es ponerme al lado de las víctimas para aliviar su dolor y el
del pueblo estadounidense. Pero un acto de semejante envergadura requiere una
respuesta.
Creo que lo único viable por parte
del poder para detener esta locura es reparar en lo posible el daño y tomar
todas las medidas pacíficas para evitar que se repita. Buscar a los cerebros y
todos sus cómplices hasta debajo de la tierra y confinarlos de por vida, no por
venganza, sino por seguridad del resto de los seres humanos. Una llamada a la
guerra y otra matanza de inocentes como represalia puede desencadenar que otros
Bin Laden se sientan justificados. El gran azote de la humanidad a lo largo de
su historia ha sido la sangre del hombre derramada por el hombre. La violencia
llama a la violencia y en algún momento de la historia habrá que detenerla.
Nos hallamos en un momento muy
delicado para la Humanidad. Vivimos en un mundo global sin un gobierno global
que proteja a todos. El nivel de desarrollo ético está muy por debajo del nivel
de desarrollo científico; la tecnología nos permite ser inmensamente
destructivos y nos hace tremendamente vulnerables. Nunca en toda la historia un
sólo hecho ha dado un giro tan rápido a la misma como éste lo va a hacer. El
mundo no va a volver a ser el mismo. Sería de ignorantes creer que, en la era de
la información y del comercio global, lo que suceda depende sólo de los
políticos americanos. Depende de todos, de lo que pensemos y de lo que hagamos.
La humanidad está juzgando a la humanidad.
Podemos hacer una guerra
religiosa; provocar una “cruzada-guerra santa” y desencadenar un Apocalipsis, o
dar un salto cuántico y acercarnos al mundo en paz y para todos. Cada uno de
nosotros estamos poniendo peso en uno de los lados de la balanza.
Quiero unirme a todos los seres
humanos que en estos momentos han sido capaces de elevar un pensamiento de
serenidad, de concordia, de no juzgar o de misericordia. Éstos casi nunca salen
en los medios, pero si no hubiera muchos, muchísimos de ellos, el mundo ya hace
décadas que hubiera saltado por los aires. Creo que gracias a ellos nos
acercamos a otra Realidad que todos anhelamos y nadie sabemos cómo alcanzar.
Me reconozco uno con todos y cada
uno de los seres humanos que habitan este planeta. Soy hijo del planeta, no de
ningún país. Abrazo toda religión que me enseñe a ser Uno con todos. Me aparto
de cualquier religión que me separe de un solo hombre. Me duelen de igual manera
las víctimas de las Torres Gemelas, las de las represalias que habrá; las de la
hambruna en África, las de las represiones políticas en cualquier lugar que se
presenten, las de los abusos contra las mujeres, los niños...
No creo en buenos y malos, en
sionismo y antisionismo, en creyentes y ateos, ni en cualquier otra dialéctica
que me presenten. Aquí se esconde el Gran Engaño: “Ellos son diferentes. Si son
diferentes, estamos separados. Como estamos separados, podemos sentirnos en
peligro, amenazados. Si estamos amenazados, tenemos derecho a defendernos...” Lo
que sigue ya lo conocemos.
Creo en seres humanos que con
mayor o menor grado de confusión, mayor o menor conciencia, buscan retornar a su
Origen. Aquel lugar donde no hay sufrimiento. Respeto y acepto la actitud del
otro cuando se siente enemigo o separado de alguien, pero no participo de esa
actitud. Solo así podré trascender la percepción de sentirme enemigo o separado.
Quisiera tener un corazón tan
grande como para abrazar a Bush y a Bin Laden aunque esto estuviera sucediendo
en mi casa. Porque conozco un Secreto: ellos no son dos, nosotros no somos tres,
todos somos uno en el Único.
La Naturaleza me da fuerza para
encontrar ese sentido de la Unidad, porque en ella los opuestos están integrados
en armonía, porque nada de lo que hay en ella juzga o categoriza, porque es como
es, simple y espontánea a cada instante.
El hombre es mi maestro porque me
da su amor, me refleja a mí mismo en la multitud de mis falsas necesidades, y me
ofrece la oportunidad de ser puesto a prueba en la necesidad inmanente de salir
del mundo de las dualidades donde aún existen enemigos, para entrar en el otro
donde los únicos enemigos son mi miedo, mi violencia y mi rencor.
Pero ¿en qué he contribuido yo a
evitar que acontecimientos como éstos sucedan? Me encontré, en el momento de
enterarme, tratando mezquinamente de evaluar qué efectos tendría en mi economía
y en mi vida.
¿Qué puedo hacer, si no soy
ejemplo de nada?
Vivo a un Atlántico de distancia de los hechos, pero lo que sucedió anteayer ha
cambiado mi vida. Hoy estoy más cerca de entender el sentido de la misma: acepto
vivir en este mundo tal y como es, con lo que me gusta y lo que no me gusta. No
me permitiré un pensamiento destructivo, un gesto de violencia, aunque me sienta
por ello sumamente desprotegido, y si lo tengo lo repararé inmediatamente.
Asumo el compromiso de erradicar
la violencia de cada célula de mi cuerpo, porque en cada célula mía está
reflejado uno de los compañeros con los que viajo por el Universo en esta
hermosa nave planetaria. Cuando lo logre, seré un padre de la paz.
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