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A tenor de las noticias proporcionadas por las distintas fuentes oficiales
americanas, podemos asegurar sin temor a equivocarnos que lo sucedido el pasado
11 de septiembre no fue un ataque a los Estados Unidos, sino un golpe al
Sistema.
Como en todo golpe bien
planificado podemos hablar de varios niveles de organización e implicación. El
primer nivel es el núcleo duro, una red de intereses políticos, económicos y
militares que cuenta entre sus filas con personal militar y de inteligencia de
distintos servicios con un perfil ideológico que daremos en llamar de
“disidentes americanos”. El modus operandi, así como los objetivos escogidos
delatan la factura de los atentados.
En segundo lugar, otro círculo
formado por agentes y colaboradores de la CIA y otros servicios amigos, árabes o
musulmanes, entre los que se cuentan los servicios secretos de Arabia Saudí,
Pakistán y, sobre todo, Bin Laden.
El tercer círculo comprende los
ejecutores últimos de los atentados y sus cómplices inmediatos, dependientes
directos del segundo círculo. En él se incluyen todos aquellos que cuentan con
el perfil exigido: total disponibilidad para inmolarse por una causa.
Respecto al primer círculo o
núcleo duro, explicar que a ningún analista serio se le escapa que en el seno de
la sociedad americana y en mayor medida dentro del establishment político,
económico y militar, existe un movimiento fuerte y agresivo de corte fascista,
antiliberal y racista que constituye el núcleo étnico-confesional de la nación,
portador de sus esencias patrias, que ha mostrado a lo largo de este siglo su
determinación en defender a cualquier precio sus intereses. Este núcleo duro
ultraconservador considera como a su enemigo radical al sistema liberal
encarnado en distintas instituciones internacionales, como las Naciones Unidas y
el Gobierno Federal norteamericano, “expresiones y causas, al mismo tiempo, de
todos los males que azotan a los verdaderos americanos.”
En resumen, podemos decir que se
trata de un fenómeno social y político que comparte plenamente todas las
características del fascismo europeo del siglo pasado, excepto que no puede
tener expresión política como tal dado que el fascismo clásico, demonizado para
siempre por los vencedores de la II Guerra Mundial, no puede ser admitido en el
actual paradigma simbólico que legitima el “american way of life” de la
posguerra.
Los objetivos elegidos en el golpe
del 11 de septiembre no necesitan ser reivindicados verbalmente por nadie: el
sistema al que iba dirigido el mensaje conoce perfectamente su significado. De
ahí las prisas en imponer al mundo un relato de los hechos que ocultase
semejante ignominia: “¡America under Attack! Guerra a los EEUU”. De ahí que no
haya habido necesidad de verbalizar una reivindicación. El interesado ha
entendido a la primera de donde provenía el golpe.
Los que han sido atacados son los
símbolos más emblemáticos del sistema, el poder económico liberal y su escudero
mediático, con sede en las Torres Gemelas, y el poder federal político-militar
representado por el Pentágono y en definitiva por Washington. El mismo mensaje
se lanzó hace unos años en el atentado del Edificio Federal Murrah de Oklahoma
City. En aquella ocasión, la explicación inicial que achacaba la autoría con
toda seguridad a Bin Laden y al extremismo islámico tuvo que abandonarse por
intereses geoestratégicos. Se fabricó la figura de otro Bin Laden, esta vez sin
barba, que encajó como anillo al dedo en un esterotipo archifamiliar para la
gregaria sociedad americana: Rambo.
Así apareció Timothy McVeigh, ex
Boina Verde, ex combatiente en la Guerra del Golfo, un lobo solitario
desadaptado, inmaduro y víctima del los trastornos a los que nos tiene
acostumbrado el cine de guerra americano. Cuando fue detenido, por conducir sin
matrícula, llevaba en el asiento de su coche el libro de William Pierce Los
Diarios de Turner, manual que inspiró y guió sus actos y justificó la matanza.
El mismo libro que cuenta cómo
Turner, el “white angry male” que encarna el rostro más puro del movimiento
disidente americano, elige el martirio arrojandose con un avión sobre el
Pentágono en una acción televisada a todo el mundo.
El difícil relato de un orden nuevo
Desde el 11 de septiembre, el sistema intenta desesperadamente vender un
relato que le haga posible mantener su credibilidad en pie tras un golpe que ha
hecho vibrar sus cimientos con peligro de desmoronarse. El enemigo exterior, por
supuesto, guardado especialmente para esta ocasión, es el único que tiene a mano
para contrarrestar la fuerza de los hechos.
El sistema ha sido noqueado y
ahora, tambaleante, mueve sus brazos dando patéticos golpes de ciego. La Guerra
de Afganistán es el tiempo muerto que le permite lavarse la cara y limpiarse la
sangre. El enemigo, sin embargo, espera tranquilamente el próximo asalto. Sabe
que el sistema está contra las cuerdas y que acabará cediendo en el transcurso
del combate.
Es sin duda el nacimiento de un Nuevo Orden Mundial ya anunciado por muchos. Y
por si les gusta el misterio y ya fuera del análisis objetivo, ahí van dos
sugerencias curiosas: Las Torres de Babel vuelven a ser destruidas y Roma vuelve
a arder por la mano del Nerón de turno.
“Después de esto, vi a otro ángel
descender del cielo con gran poder y la tierra fue alumbrada con su gloria,
diciendo: ¡Ha caído, ha caído la gran Babilonia! [...] Por lo cual en un solo
día vendrán sus plagas, muerte, llanto y hambre y será quemada con fuego, porque
poderoso es el Señor que la juzga. Y los reyes de la tierra que han fornicado
con ella y con ella han vivido en deleites, llorarán y harán lamentación sobre
ella cuando vean el humo de su incendio.[...] Y todo piloto y todos los que
viajan en naves y marineros y todos los que trabajan en el mar se mantuvieron a
lo lejos y viendo el humo de su incendio dieron voces, [...] y echaron polvo
sobre sus cabezas, llorando y lamentando diciendo: ¡Ay, ay, de la gran ciudad en
la cual todos los que tenían naves en el mar se habían enriquecido con sus
riquezas, pues en una hora ha sido desolada!.”
(Apocalipsis, 18)
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